Este es un blog de viaje, no de viajes. Lo que aquí encontrarás son algunas partes de mi viaje por este planeta que llamamos Tierra y a través de la vida de esta mujer llamada Claudia Montalvo. De hecho, ese no es mi nombre verdadero. Tengo un nombre «simbólico» que se acerca mucho más a quien soy. Me llamo «Vengo del Pasado La PM». Lo de La PM no puedo explicarlo, a mí no me queda claro todavía. Lo de Vengo del Pasado sí fue clarísimo la primera vez que lo leí, porque me llegó por correo electrónico. Así es el Universo, usa absolutamente todos los canales disponibles. Y si realmente queremos, podemos estar en conexión continua. 

Pero hay un motivo puntual por el cual estoy escribiendo este post. Llevo 9 días fuera de Perú, que es donde actualmente vivo. Vine de vacaciones a Colombia. A pasar días de ensueño acompañada de mi novia en Playa Blanca, Isla Barú, Cartagena. Estuvimos alojadas en una cabaña de un hostel maravilloso, donde las personas que nos atendían eran sumamente amables. Nada era de lujo, todo lo contrario. Llegamos ahí luego de salir de una cabaña previa en la que un pequeño hermano roedor nos acompañó la primera noche, haciendo lo que hacen los ratones, roer todo lo que podría ser comestible. En la nueva cabaña el lujo mayor era un mosquitero que nos protegió de los mosquitos las dos noches que allí pasamos. El baño era compartido y siempre estaba limpio. Quienes nos hospedábamos ahí cuidábamos que así fuera. Comimos poco, pero casi no hacía falta. Nos tomamos unas cuantas cervezas, 7 para ser exactas. Y nos bañamos en ese mar tibio, transparente, manso y tan acogedor que parecía los brazos de mi madre, la Cuchita, cuando me recostaba con ella en la cama y le buscaba ese bracito gordito para sentirme en casa. Todo estuvo bien, hasta que me descuidé. No me eché protector suficiente y anduve como niña sin padres, suelta por la playa, caminando innecesariamente largas distancias, bajo un sol que ese día sábado estuvo particularmente abrasador. Para la tarde me quemaba todo, en particular los hombros y las piernas. Para la noche temblaba incontrolable y tenía partes del cuerpo muy frías y partes muy muy muy calientes. Todos me atendieron de alguna manera, pero en especial mi novia. No dejó de ponerme paños de agua fría que a los segundos se hipercalentaban, así que debía hacerlo una y otra vez. En algún momento se combinaron el ardor y el dolor en un nivel que para mí era muy fuerte. Lloré. Solo unos segundos. Para liberar a esta niña asustada y permitirle mostrarse. A las tres horas, con pastillas para el dolor de por medio y paños fríos que iban y venían, logré quedarme dormida. 

Al día siguiente partimos a Turbaco, que es donde vive una gran amiga y hermana de la vida, quien muy amablemente nos estaba hospedando hasta nuestro viaje a Bogotá que sería al día siguiente. Manejé por la carretera, paramos para hacer lavar el carro y al bajar del aire acondicionado a los 35 grados centígrados que había allá afuera, sentí como si la pierna izquierda se me hubiera partido en dos. Casi no podía caminar y solo cojeando pude llegar a la sombra, pero el calor seguía y la pierna dolía. En ese momento supe que algo estaba mal. Para hacer corta esta parte de la historia, el diagnóstico de nuestra anfitriona en Bogotá –que coincidentemente, es médico–fue celulitis. Así que empecé a medicarme con antibióticos y analgésicos cada 6 y cada 12 horas, respectivamente. 

Y heme aquí. Mi novia viajó de regreso a Lima ayer martes. Yo lo haré mañana. Mis planes eran disfrutar Cartagena y Bogotá, tanto sola como acompañada. Y esos planes no se están dando como yo los imaginé. En su lugar, estoy teniendo un intenso viaje con tantos aprendizajes que se me queda corta la capacidad para procesarlos todos. Tuve tres señales que me dijeron en la playa: «¡Usa bloqueador!». No les hice caso. Y aquí en Bogotá, en la tranquilidad del Barrio de San Miguel, he tenido tiempo de sobra para pensar en ello, en cómo trato a mi cuerpo, en cómo estoy cuidando este envase que me permite vivir la experiencia de ser humana. También he tenido conversaciones hermosas con mi anfitriona, Ivonne, quien además de médico es una estudiosa de la BioDecodificación. Hemos hablado de las señales del Universo, de que jamás podemos ver toda la verdad, solo una parte de ella. De que no a todos les corresponde sanar en esta vida sino, probablemente, en vidas futuras y que ese dolor o esa enfermedad solo forman parte de su proceso evolutivo. Y que aquí y ahora solo nos toca soltar el control, dejarnos llevar y confiar en que todo saldrá bien. Recuerdo haber sentido eso en enero de 2016, cuando llevaba 7 horas conduciendo a más de 120 km/h por la Panamericana Norte, de regreso a casa, sola, sin música, con todos mis pensamientos arremolinados, los ojos llenos de lágrimas y la incertidumbre apretándome el pecho. Perdida. Así me sentía. Hasta que le hice un pedido a voz en cuello al Universo, a Dios, y la respuesta fue inmediata. En ese momento nació mi primer libro 100 textos tardíos Un libro que se escribió solo y en menos de 5 meses. 

Si algo me gustaría que te lleves de esta lectura es precisamente esta última parte: Confiar en la incertidumbre, dar un paso atrás y mirar todo el panorama posible, entregarte a aquello para lo que están pasándote las cosas y recibirlo todo en profundo y sincero agradecimiento. Yo no debía viajar a Cartagena, me tocaba ir a Villa de Leiva para apoyar voluntariamente como Staff en un taller. Pero nada de eso se dió y terminé sentada aquí, escuchando el álbum Grace And Gratitude que Olivia Newton-John produjo cuando tenía cáncer de seno y al cual yo jamás hubiera llegado de no ser porque me sobra tiempo para ver una película en Netflix llamada Deepak Chopra: Las 7 Leyes Espirituales del Exito, que te la recomiendo con amor y humildad. Toda esta calma en la que me encuentro ahora, que por ratos es sobrecogedora, solo llegó gracias a que mis planes no resultaron como los planifiqué.

Definitivamente, yo jamás tengo el control. ¡Gracias por eso! 

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