Hace años me llamó por teléfono una amiga. Ella estaba desesperada. Se sentía muy mal. En realidad, sentía que quería terminar una relación que a todas luces era tóxica, pero no sabía cómo lograrlo. En ese momento se me ocurrió esta idea: Si prendes un cerillo (palo de fósforo) y comienza a quemarse, ¿cuándo lo sueltas?, le pregunté. Su respuesta fue simple: «antes de que me queme».

Lo mismo debería ocurrir en el mundo emocional, pero nos aferramos a aquello que nos daña pensando que cambiará, que dejará de hacernos daño e incluso, con la ilusión de que nos hará bien.

Nos toca soltar aquello que está dañándonos de la misma manera en que soltamos el cerillo cuando sentimos que su llama nos quemará. Es decir, aceptando que es su función y que ese fuego en particular existe para eso, no para beneficiarnos desde lo que queremos, sino exclusivamente desde lo que nos quiere enseñar. Es decir, aceptar el aprendizaje, dejarlo ir y prepararnos para algo mejor.

A lo largo de mi vida me he quemado muchas veces emocionalmente. En mi proceso de formación como Coach Ontológica Integral y gracias a muchas otras herramientas que elegí adquirir desde hace 8 años, ese «cerillo» ya casi no está prendido. Las veces que ocurre y se prende por algún motivo en particular, puedo reconocer que eso está pasando para mostrarme algo que, de otra manera, no podría ver

Pero los aprendizajes no tienen que ser todo el tiempo con cerillos, es decir, no tenemos que sufrir para aprender. También podemos hacerlo desde la liviandad, el disfrute y el amor. A esa sabiduría se llega por pura voluntad, con el ejercicio diario de la humildad, el respeto (a mí misma y hacia el otro) y la construcción del amor propio. Es como ir al gimnasio, a veces no dan ganas, pero cada día que no me ejercito en este aprendizaje, no solo es una pérdida sino que se vuelve, literalmente, un retroceso. Entonces elijo seguir adelante, fortalecer el músculo del autoconocimiento, amarme incondicionalmente y creer en mí. Los cerillos, por ende, se apagan solos y muchos jamás llegan a prender. 

Así que, como dice la canción de María Isabel Saavedra: «De eso se trata / de equivocarse / y de perder el miedo / y no querer salvarse / De eso se trata / la vida misma / de mil veces errar y luego perdonarse / Y descubrirse / pariendo versos / que a nadie llegan si por dentro estás desierto / poner la cara / creerse muerto / para nacer de nuevo / en cada madrugada».

¿Te hace sentido? 

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