Tengo 46 años. Hoy mi viejo, Oscar Vicente Montalvo Finetti, tendría 88. Acabamos de sacar las cuentas con mi hermana menor. En 2016 escribí y publiqué mi primer libro: 100 textos tardíos. Sé que escribir sana, lo he vivido en carne propia. He experimentado la liberación que significa contar lo que se guarda en el alma. En mi libro tuve un espacio especial con mi padre. Mientras estuvo vivo (falleció en 2006), mi relación con él no fue buena. Aunque esto de bueno o malo es tan relativo, finalmente él cumplió a cabalidad el acuerdo de ser quien tenía que ser para que yo aprendiera lo que tenía que aprender mientras estuvo aquí conmigo, con todas las Montalvo. Y con los Montalvo también. Y con aquellos de nuestra familia que no lo conocieron, pero que le heredaron todo lo que estaba previsto heredar. Así funciona el Universo. 


En la época en la que me acerqué a mi viejo a través de mi libro, lo hice desde la incontenible necesidad de tener una figura masculina en mi vida. Estaba afianzando la mía propia y resulta que lo más masculino que jamás conocí fue mi madre. Ojo, solo en caso de que no puedas digerir lo que estás leyendo, te hago la salvedad de que femenino y masculino no tienen que ver con ser mujer o ser hombre, sino con la energía que llevamos dentro y que se manifiesta en formas de ser. Nada más. Así que, cuando escribía sobre Oscar Vicente, lo hacía queriendo vivir con él esas cosas que se supone los hijos viven con los papás (o lo que yo imaginaba que sería una linda relación con mi viejo). Quería tenerlo a mi lado, fumarme un cigarrillo con él, conversar sobre sus años de fútbol y su vida en España. Jugar a las cartas o cualquier juego de mesa de esos que no tuve el permiso de jugar de niña, precisamente porque era niña. En pocas palabras, lo quería para mí. Y desde la rabia de no tenerlo a mi lado, surgió este texto publicado en mi libro y que comparto aquí contigo:


El cáncer se lo llevó antes de matarlo. Porque lo retuvo más de 2 años y se lo fue comiendo de a pocos. Un cáncer a la piel que lo trató con dureza y sin compasión. 


Hoy pienso en él y en lo que representa para mí. Y al pensarlo, siento que no pude tener un padre más perfecto. Me veo reflejada en él y eso me permite conocerme más. Porque lo que veo reflejado, aquello que me gusta y que detesto, es parte del camino de sanación para mí y para mi linaje paterno. Así como para todo el linaje masculino en mi familia. Una vez escuché a alguien decir: «Si yo sano, sanan siete generaciones hacia arriba y siete generaciones hacia abajo». Y este post, así como mi libro, buscan precisamente eso. Hacer mi parte para que sanemos todos. 


Ser hombre no debe ser nada fácil. De hecho, ser hombre en mi familia creo que es un reto realmente jodido. Así que hoy quiero honrar a todos los hombres Montalvo y también a los Sánchez. Quiero honrar a todos aquellos que se pusieron en servicio para que yo pueda comenzar a mirarme hoy cada vez más hacia adentro. Quiero reconocerlos en su honor, su valentía, su fuerza, su amabilidad, su amor. Y quiero decirles, así en la voz alta que me permite este texto:


«Gracias. Gracias. Gracias. Por cumplir nuestros acuerdos. Por mostrarme el camino. Por elegir ser mi espejo. Por sufrir lo que sufrieron y amar lo que amaron. Hasta aquí reconozco, entiendo y amo lo que hicieron. Honro su legado. Y les pido permiso para hacerlo un poco diferente de aquí en adelante».


Descansa en paz, Oscar Vicente Montalvo Finetti. Te amo.//

 

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