Nada más y nada menos.


Crecí en un ambiente en el cual decir: «Soy magnífica», era imposible. Y no solo me refiero a mi casa, en realidad estoy hablando de todo mi país. Durante años hemos negado lo que somos. Recuerdo la frase que me soltó un amigo español hace un tiempo: «¡Ustedes creen que decir que uno vale es soberbia! Cuando no es otra cosa que aceptar una realidad. Les enseñan que humildad y autoreconocimiento son antónimos. ¡Eso es hipocresía!», concluyó. Ese comentario me cayó muy fuerte. En verdad era muy difícil para mí pensar de esa manera, creer que lo que yo valgo y mis dones o logros podían –y debían–ser reconocidos por mí misma. Tenían que ser otros los que lo hicieran, sino se me vería como una mujer soberbia y orgullosa. ¡Qué pecado!

Me tomó años mirarme al espejo con amor, compasión y admiración. Estaba absolutamente ejercitada en pensar mal de mí. Y por ende, en pensar mal de los demás. No era capaz de reconocer mi valía y, desde esa falta de autoreconocimiento, la manera de reconocer a los demás por sus dones y logros era a través de frases bien pensadas, pero jamás así de sentidas. ¿Cómo reconocer a otros desde el corazón cuando yo misma no podía reconocer en mí el amor, la bondad, la inteligencia y la humildad? ¿Cómo aceptar el valor en otros cuando no era capaz de aceptar el valor en mí? Y visto así, ¿de qué manera estaba influyendo en mi entorno? ¿En mi hijo? ¿En mis relaciones en general? Todo esto necesité mirarlo desde adentro para poder darle la vuelta y en el camino entendí algunas cosas:

1) Mi brillo interior es inevitable. El tuyo también. Lo que sucede es que lo olvidamos porque para eso estamos aquí, para recordar quiénes somos en realidad. De dónde provenimos y a dónde volveremos.

2) A muchas personas mi brillo les asusta. El tuyo también. Esto ocurre porque al vernos eso les recuerda su propio brillo, que lo han perdido y que les toca recuperarlo. ¡Hacerse responsables de brillar! Y la verdad, no todos están dispuestos a hacer ese trabajo, así que prefieren no verte brillar, negar que lo haces.

3) Brillar no es difícil. Lo difícil es no hacerlo. Requerimos un alto nivel de esfuerzo y mucha energía para evitarlo. ¡Por eso esta sensación permanente de lucha y cansancio! Llevamos toda la vida haciendo de todo para que no se nos note lo magníficos que en realidad somos. Nos toca quedarnos quietos un rato, dejar de pelearnos con la verdad de que somos seres divinos viviendo una experiencia humana. Calmar la mente para que podamos volver a vernos. Re-conocernos. Recordar quiénes somos.

4) Soy responsable de mí. De recordar quién soy yo. Esto es muy importante que podamos entenderlo. No soy responsable de ti. No me toca hacerte recordar quién eres. Si yo me hago responsable de lo que me toca, indefectiblemente estaré contribuyendo a que tú también lo hagas. Esa es la maravillosa realidad del Somos Uno. Así que, si de alguien debo hacerme cargo, es de mí misma. Y tú de ti mismo. Hagamos cada uno su tarea. Con eso contribuiremos al despertar de la humanidad más que empleando esfuerzo y energía en que otros vean. Si yo veo, tú ves. Si yo sano, tú sanas. 

5) Cuando sirvo desde el amor incondicional, aquello en lo que creo se expande. Y en esa tarea solo puede haber ganancia para todos. La abundancia radica en creer que cada uno de nosotros es la provisión ilimitada de toda cosa buena y perfecta. Eso es mirar con amor. A mí misma y al prójimo. Un Curso de Milagros dice: «No les falles a tus hermanos, pues de lo contrario te estarás fallando a ti mismo. Contémplalos con amor, para que puedan saber que forman parte de ti y que tú formas parte de ellos» (Lección 139). Esto significa aceptar la verdad de quienes somos todos: Uno solo con Dios. Cuando logramos eso, así sea por unos breves momentos, el mundo como lo conocemos se modifica esencialmente. A eso le llamo yo «paraíso».

He querido escribir este post hoy a raíz de la última sesión que tuve en mi proceso de formación como Practitioner en la Metodología Consciencia y Meditación Cuántica. No siempre es fácil reconocerme como parte de la Divinidad, finalmente sigo viviendo la experiencia humana. Sin embargo, para mí es cada vez más claro que Yo Soy. Y desde ahí, puedo declarar sin lugar a dudas lo que yo quiera. Por eso: Yo Soy Magnífica. 

¿Qué te animas a declarar de ti mismo hoy? //

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