Libertad.
 Tremenda palabra. Durante años la tuve disociada de otra igualmente tremenda: Pareja. Creía que estar en una relación de pareja era sinónimo de vivir en una cárcel. Con el paso de los años, esa sensación se fue acrecentando hasta el punto que solo soñaba con salir corriendo, romper los barrotes que me mantenían presa y huir de «eso» que me retenía «contra mi voluntad». Ahora que leo lo que escribo me doy total cuenta de que lo realmente tremendo fue vivir con esta ilusión: Aquello que me «encarcela» está fuera de mí… cuando la realidad es que siempre estuvo dentro. Si hubo algo o alguien que se encargó de hacerme sentir como un ave enjaulada, esa fui yo. Mis parejas de turno solo tuvieron el rol de validar lo que para mí era una certeza, una creencia tan limitante que rigió mi vida en parámetros nada saludables. ¿Sabes qué pensamientos rondaban siempre mi mente? ¡Toma nota!:

  • Me quedo por ella/él (mi pareja, nuestro hijo).
  • Ojalá pudiera dormirme y despertar en el otro lado del mundo.
  • Quiero irme, pero no puedo.
  • ¿Qué dirá la gente de mí si me voy?
  •  

¡Así es! Viví como víctima más de 25 años. Siempre buscando alguien responsable de mi sufrimiento. Siempre esperando que apareciera la persona que me salvara de esa injusticia. 

Lo que no comprendía en esa época y que ahora me queda más claro que agua de manantial virgen, es que ¡resulta imposible ser libre sin hacerse responsable! Y como comprenderás, una víctima jamás se hace responsable de nada. Todo lo contrario, la única manera de ser LIBRE en todo el sentido de la palabra, es haciéndonos responsables de lo que es necesario para que esa libertad sea plena, consciente e irrevocable.

¿Y qué significa «hacerme responsable»? He ahí el asunto más delicioso de la experiencia humana, por lo menos para mí. Hacerme responsable es recuperar mi amor propio, retomar mi poder interior y aceptar que me toca vivir con los resultados de mis decisiones sin importar si me gustan o no, si son como los soñé o no, si me trajeron algo bonito o no. Nada me acerca más a la libertad que la responsabilidad. ¡Pero ojo! No estoy hablando de la responsabilidad entendida como una «carga». Es todo lo contrario. Porque asumir que tengo cargas me limita en todos los aspectos de la vida y me impide avanzar hacia el único propósito común en todos los seres humanos: Aprender a ser felices. Creer que porque me «cargo» con los problemas de otros además de los míos propios, estoy contribuyendo a ese propósito, es otra ilusión de la que hablaré en otro post. En este quiero hablarte de lo que entiendo ahora por ser LIBRE.




Las 5 cosas que para mí SON LIBERTAD

Este año cumpliré 47 años. Dicen que todos los seremos humanos podemos nacer dos veces: El día que vinimos al mundo y el día que sabemos para qué. A los 43 años me di cuenta para qué no había venido al mundo, pero llevaba ese mismo tiempo creyendo lo contrario, así que comprenderás que me ha tomado un tiempo aceptar que eso para lo que no vine, en realidad es lo que NO debo hacer. Ensayo error, se le llama. Desde mi experiencia, ha sido la mejor manera. Te tocará a ti encontrar aquella que sea la mejor para tu propia existencia en esta dimensión y en este planeta llamado Tierra. Así que entre los 43 y los casi 47 años, estoy en un siempre maravilloso y muchas veces agotador proceso: Quedarme con las lecciones producto de los errores. Hubo una época en que mi miedo mayor era perderme esas lecciones, no darme cuenta y caer otra vez en lo mismo. A estas alturas de mi vida entiendo que mi «velocidad» es precisamente mía y que si otros van más rápido o más lento que yo, es porque así debe ser. Ya desde la calma, cuando la respiración es fluida y puedo mirarme con amor y compasión ilimitadas, la posibilidad de compartir aquello que aprendo es real (desde otro lado, esa misma posibilidad se anula, porque no viene del corazón sino de la razón).

Así que comparto contigo las 5 cosas que siento que sí son para mí LIBERTAD:

1) ELEGIR QUEDARME. Nada me da más libertad que eso. Recuerda que durante muchos años creí que algo o alguien me obligaba a quedarme. ¡No tienes idea de cuánto soñaba con irme de casa, del barrio, del país e incluso del planeta! Dejar todo atrás, hacer como que nunca existió. Ahora sé que si estoy aquí, en esta casa, barrio, país y planeta, es porque así lo elijo. Y sé algo más: esta elección no es de Claudia Montalvo, la que escribe aquí y ahora esto que lees. Es una elección mucho más grande, que proviene de mi Conciencia Suprema y que si dejo de hacerme la heroína o la súper mujer, tendrá un desenlace más que perfecto.

2) DISPONER DE MI TIEMPO. Por lo menos, del tiempo terrenal que me ha sido concedido. Ahora mismo escribo esto al mediodía de un jueves cualquiera. Si bien tengo responsabilidades que elijo cumplir y muchas de ellas tienen un horario determinado, lo cierto es que poder elegir sentarme a escribir en el momento en que lo quiero hacer sin tener que pedirle permiso a nadie, eso es invaluable. Alguna vez le pregunté al Universo: «¿Para qué tengo tanto tiempo libre?». Te aseguro que la respuesta es: «Para aprender a ser feliz». Esto me lo he ganado, no siempre fue así. También pasé por horarios estrictos y tuve que marcar tarjeta. Sin embargo, entiendo bien que eso era necesario para aprender a valorar la felicidad de tener tiempo libre. Y me toca hacerme responsable de que esto siga siendo posible.

3) ELEGIR CON QUIÉN ESTOY Y CON QUIÉN NO. Estos solían ser los barrotes más gruesos y duros de romper. Sé que tenía que ver con eso que llamamos «lucir bien». El «qué dirán» era un peso gigante y que siempre cargaba pensando que se trataba de hacer «lo correcto». Lo peor de todo era mi creencia de que si yo estaba haciendo lo correcto, pues ¡los demás estaban haciendo lo incorrecto! Y la lucha constante era que se hiciera lo que yo pensaba que debía hacerse. Comprenderás que eso es una ilusión gigante, querer controlar lo que pasa afuera cuando no era capaz de manejar lo que ocurría adentro. Ahora sé bien que lo mejor que puedo hacer es estar solo con quien quiero estar y mantener al margen a aquellas personas con las que no quiero. Las consecuencias de esta decisión desde mi libertad pueden parecer unidireccionales, pero en realidad son bidireccionales. Te explico: Si yo estoy contigo sin querer estar, eso te afectará sí o sí; no solo yo me sentiré «mal» sino que tú también terminarás por sentirte así. Si yo elijo estar lejos de ti por los motivos personales que sea, tarde o temprano te sentirás libre también. Así, cuando nos toque estar cerca nuevamente, será en la total y absoluta libertad de haberlo elegido.

4) DEJAR AFUERA INFORMACIÓN TÓXICA. Llevo más de 7 años eligiendo no ver televisión (nacional o por cable) ni escuchar radio, lo que incluye programas basura, noticieros, telediarios, talkshow. Cuando la radio suena en mi carro, es para oír música. Aunque en estos casos prefiero también mis playlist en Spotify. El 90% de las películas y videos que elijo ver en Netflix y YouTube, son de contenido con sentido. Hay un 10% que es puro vacilón, a esos les llamo «para no pensar». Y otra cosa importante: No me sobre expongo tampoco a esa información. Por más contenido de crecimiento personal o espiritual que sea, mi mente racional necesita tiempo para integrarlo a mi Ser. Creer que mientras más le meto más aprendo es reforzar el sistema arcaico y obsoleto de la educación que rige nuestras sociedades. No se trata de saber más, sino de saberlo bien. Y eso requiere un proceso en el que cada cual conoce su velocidad.  Así que cuando me siento sobrepasada por esta información, me detengo un rato y permito que mis emociones (generadas por mis pensamientos) se calmen. Y luego, vuelvo al ruedo. Ahora mismo estoy escuchando audios de Gerardo Schmedling que compré hace poco. Son más de 60 y recién llevo 3, los he escuchado más de una vez cada uno y pienso ir a mi ritmo, porque entiendo que mi comprensión de lo que escucho va más allá de toda la información que recibo. Esto lo hago porque ahora entiendo que la principal fuente de toxinas está en mi mente, y que de nada sirve querer «alimentarme sano» si sigo creyendo que debo hacerlo a la velocidad del rayo.

5) ELEGIR CUÁNDO DECIR LO QUE PIENSO Y CUÁNDO CALLARLO. Esto es fundamental para mi ejercicio de la libertad y, desde mi punto de vista, para el de cualquiera. Pero nuevamente te digo, lo que es para ti y tus propias medidas, solo depende de una persona: TÚ. También es verdad que esta elección es una de las más jodidas, porque hay una aparente delgada línea entre decir lo que se piensa y arremeter contra el otro. Para mí ha sido muy importante autoconocerme para poder delimitar con claridad esa línea. Todo aquello que callo y me hace sentir incómoda, me aprieta la garganta o el pecho, me quita la respiración o me impide respirar fluido, es algo que debí decir. Y mientras siga callándolo, me seguirá doliendo. Por el contrario, todo aquello que elijo no decir y me sigo sintiendo en paz, estuvo bien callado y así debe quedarse. Aplicado a la elección de hablar: Todo aquello que digo y luego de decirlo me siento mal, debí guardar silencio por lo menos hasta identificar qué cosa de eso sí es necesario decir y qué cosa no. De igual forma, lo que al decirlo me hace sentir bien y en paz, estuvo bien dicho. En este aspecto, me parece que aprender a decirlo de manera asertiva es fundamental. La forma puede hacer que el fondo sea recibido o rechazado. No tengo maestría en esto aún, sin embargo entiendo que tenerla es importante y elijo seguir aprendiendo al respecto.

Finalmente, hay algo que no está en la lista pero que considero transversal a todo lo que he escrito, por eso no elijo numerarlo: Vivir sin juicios. Para mí esta es la mayor de las maestrías. Sé que si dejo de juzgar a otros es porque he dejado de juzgarme a mí misma. Y sin juicios solo existe paz interior. En ese camino estoy, aprender que mis juicios son solo una interpretación personal de la realidad. Así que voy con calma y a mi ritmo. Acepto que otros también lo hacen y que no me compete interferir de ninguna manera sus procesos. Por eso cada mañana, al despertar, repito tres veces esta frase en mi cabeza: «Señor, concédeme paciencia para aceptar lo que no puedo cambiar; valor para cambiar lo que sí puedo; y sabiduría para reconocer la diferencia». Porque de eso se trata mi proceso de aprendizaje en este planeta: Paciencia, valor y sabiduría. Ahora que lo tengo claro, elijo vivirlo plenamente. A eso le llamo SER LIBRE. //

 

 

 

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