Libertad.
 Tremenda palabra. Durante años la tuve disociada de otra igualmente tremenda: Pareja. Creía que estar en una relación de pareja era sinónimo de vivir en una cárcel. Con el paso de los años, esa sensación se fue acrecentando hasta el punto que solo soñaba con salir corriendo, romper los barrotes que me mantenían presa y huir de «eso» que me retenía «contra mi voluntad». Ahora que leo lo que escribo me doy total cuenta de que lo realmente tremendo fue vivir con esta ilusión: Aquello que me «encarcela» está fuera de mí… cuando la realidad es que siempre estuvo dentro. Si hubo algo o alguien que se encargó de hacerme sentir como un ave enjaulada, esa fui yo. Mis parejas de turno solo tuvieron el rol de validar lo que para mí era una certeza, una creencia tan limitante que rigió mi vida en parámetros nada saludables. ¿Sabes qué pensamientos rondaban siempre mi mente? ¡Toma nota!:

  • Me quedo por ella/él (mi pareja, nuestro hijo).
  • Ojalá pudiera dormirme y despertar en el otro lado del mundo.
  • Quiero irme, pero no puedo.
  • ¿Qué dirá la gente de mí si me voy?
  •  

¡Así es! Viví como víctima más de 25 años. Siempre buscando alguien responsable de mi sufrimiento. Siempre esperando que apareciera la persona que me salvara de esa injusticia. 

Lo que no comprendía en esa época y que ahora me queda más claro que agua de manantial virgen, es que ¡resulta imposible ser libre sin hacerse responsable! Y como comprenderás, una víctima jamás se hace responsable de nada. Todo lo contrario, la única manera de ser LIBRE en todo el sentido de la palabra, es haciéndonos responsables de lo que es necesario para que esa libertad sea plena, consciente e irrevocable.

¿Y qué significa «hacerme responsable»? He ahí el asunto más delicioso de la experiencia humana, por lo menos para mí. Hacerme responsable es recuperar mi amor propio, retomar mi poder interior y aceptar que me toca vivir con los resultados de mis decisiones sin importar si me gustan o no, si son como los soñé o no, si me trajeron algo bonito o no. Nada me acerca más a la libertad que la responsabilidad. ¡Pero ojo! No estoy hablando de la responsabilidad entendida como una «carga». Es todo lo contrario. Porque asumir que tengo cargas me limita en todos los aspectos de la vida y me impide avanzar hacia el único propósito común en todos los seres humanos: Aprender a ser felices. Creer que porque me «cargo» con los problemas de otros además de los míos propios, estoy contribuyendo a ese propósito, es otra ilusión de la que hablaré en otro post. En este quiero hablarte de lo que entiendo ahora por ser LIBRE.




Las 5 cosas que para mí SON LIBERTAD

Este año cumpliré 47 años. Dicen que todos los seremos humanos podemos nacer dos veces: El día que vinimos al mundo y el día que sabemos para qué. A los 43 años me di cuenta para qué no había venido al mundo, pero llevaba ese mismo tiempo creyendo lo contrario, así que comprenderás que me ha tomado un tiempo aceptar que eso para lo que no vine, en realidad es lo que NO debo hacer. Ensayo error, se le llama. Desde mi experiencia, ha sido la mejor manera. Te tocará a ti encontrar aquella que sea la mejor para tu propia existencia en esta dimensión y en este planeta llamado Tierra. Así que entre los 43 y los casi 47 años, estoy en un siempre maravilloso y muchas veces agotador proceso: Quedarme con las lecciones producto de los errores. Hubo una época en que mi miedo mayor era perderme esas lecciones, no darme cuenta y caer otra vez en lo mismo. A estas alturas de mi vida entiendo que mi «velocidad» es precisamente mía y que si otros van más rápido o más lento que yo, es porque así debe ser. Ya desde la calma, cuando la respiración es fluida y puedo mirarme con amor y compasión ilimitadas, la posibilidad de compartir aquello que aprendo es real (desde otro lado, esa misma posibilidad se anula, porque no viene del corazón sino de la razón).

Así que comparto contigo las 5 cosas que siento que sí son para mí LIBERTAD:

1) ELEGIR QUEDARME. Nada me da más libertad que eso. Recuerda que durante muchos años creí que algo o alguien me obligaba a quedarme. ¡No tienes idea de cuánto soñaba con irme de casa, del barrio, del país e incluso del planeta! Dejar todo atrás, hacer como que nunca existió. Ahora sé que si estoy aquí, en esta casa, barrio, país y planeta, es porque así lo elijo. Y sé algo más: esta elección no es de Claudia Montalvo, la que escribe aquí y ahora esto que lees. Es una elección mucho más grande, que proviene de mi Conciencia Suprema y que si dejo de hacerme la heroína o la súper mujer, tendrá un desenlace más que perfecto.

2) DISPONER DE MI TIEMPO. Por lo menos, del tiempo terrenal que me ha sido concedido. Ahora mismo escribo esto al mediodía de un jueves cualquiera. Si bien tengo responsabilidades que elijo cumplir y muchas de ellas tienen un horario determinado, lo cierto es que poder elegir sentarme a escribir en el momento en que lo quiero hacer sin tener que pedirle permiso a nadie, eso es invaluable. Alguna vez le pregunté al Universo: «¿Para qué tengo tanto tiempo libre?». Te aseguro que la respuesta es: «Para aprender a ser feliz». Esto me lo he ganado, no siempre fue así. También pasé por horarios estrictos y tuve que marcar tarjeta. Sin embargo, entiendo bien que eso era necesario para aprender a valorar la felicidad de tener tiempo libre. Y me toca hacerme responsable de que esto siga siendo posible.

3) ELEGIR CON QUIÉN ESTOY Y CON QUIÉN NO. Estos solían ser los barrotes más gruesos y duros de romper. Sé que tenía que ver con eso que llamamos «lucir bien». El «qué dirán» era un peso gigante y que siempre cargaba pensando que se trataba de hacer «lo correcto». Lo peor de todo era mi creencia de que si yo estaba haciendo lo correcto, pues ¡los demás estaban haciendo lo incorrecto! Y la lucha constante era que se hiciera lo que yo pensaba que debía hacerse. Comprenderás que eso es una ilusión gigante, querer controlar lo que pasa afuera cuando no era capaz de manejar lo que ocurría adentro. Ahora sé bien que lo mejor que puedo hacer es estar solo con quien quiero estar y mantener al margen a aquellas personas con las que no quiero. Las consecuencias de esta decisión desde mi libertad pueden parecer unidireccionales, pero en realidad son bidireccionales. Te explico: Si yo estoy contigo sin querer estar, eso te afectará sí o sí; no solo yo me sentiré «mal» sino que tú también terminarás por sentirte así. Si yo elijo estar lejos de ti por los motivos personales que sea, tarde o temprano te sentirás libre también. Así, cuando nos toque estar cerca nuevamente, será en la total y absoluta libertad de haberlo elegido.

4) DEJAR AFUERA INFORMACIÓN TÓXICA. Llevo más de 7 años eligiendo no ver televisión (nacional o por cable) ni escuchar radio, lo que incluye programas basura, noticieros, telediarios, talkshow. Cuando la radio suena en mi carro, es para oír música. Aunque en estos casos prefiero también mis playlist en Spotify. El 90% de las películas y videos que elijo ver en Netflix y YouTube, son de contenido con sentido. Hay un 10% que es puro vacilón, a esos les llamo «para no pensar». Y otra cosa importante: No me sobre expongo tampoco a esa información. Por más contenido de crecimiento personal o espiritual que sea, mi mente racional necesita tiempo para integrarlo a mi Ser. Creer que mientras más le meto más aprendo es reforzar el sistema arcaico y obsoleto de la educación que rige nuestras sociedades. No se trata de saber más, sino de saberlo bien. Y eso requiere un proceso en el que cada cual conoce su velocidad.  Así que cuando me siento sobrepasada por esta información, me detengo un rato y permito que mis emociones (generadas por mis pensamientos) se calmen. Y luego, vuelvo al ruedo. Ahora mismo estoy escuchando audios de Gerardo Schmedling que compré hace poco. Son más de 60 y recién llevo 3, los he escuchado más de una vez cada uno y pienso ir a mi ritmo, porque entiendo que mi comprensión de lo que escucho va más allá de toda la información que recibo. Esto lo hago porque ahora entiendo que la principal fuente de toxinas está en mi mente, y que de nada sirve querer «alimentarme sano» si sigo creyendo que debo hacerlo a la velocidad del rayo.

5) ELEGIR CUÁNDO DECIR LO QUE PIENSO Y CUÁNDO CALLARLO. Esto es fundamental para mi ejercicio de la libertad y, desde mi punto de vista, para el de cualquiera. Pero nuevamente te digo, lo que es para ti y tus propias medidas, solo depende de una persona: TÚ. También es verdad que esta elección es una de las más jodidas, porque hay una aparente delgada línea entre decir lo que se piensa y arremeter contra el otro. Para mí ha sido muy importante autoconocerme para poder delimitar con claridad esa línea. Todo aquello que callo y me hace sentir incómoda, me aprieta la garganta o el pecho, me quita la respiración o me impide respirar fluido, es algo que debí decir. Y mientras siga callándolo, me seguirá doliendo. Por el contrario, todo aquello que elijo no decir y me sigo sintiendo en paz, estuvo bien callado y así debe quedarse. Aplicado a la elección de hablar: Todo aquello que digo y luego de decirlo me siento mal, debí guardar silencio por lo menos hasta identificar qué cosa de eso sí es necesario decir y qué cosa no. De igual forma, lo que al decirlo me hace sentir bien y en paz, estuvo bien dicho. En este aspecto, me parece que aprender a decirlo de manera asertiva es fundamental. La forma puede hacer que el fondo sea recibido o rechazado. No tengo maestría en esto aún, sin embargo entiendo que tenerla es importante y elijo seguir aprendiendo al respecto.

Finalmente, hay algo que no está en la lista pero que considero transversal a todo lo que he escrito, por eso no elijo numerarlo: Vivir sin juicios. Para mí esta es la mayor de las maestrías. Sé que si dejo de juzgar a otros es porque he dejado de juzgarme a mí misma. Y sin juicios solo existe paz interior. En ese camino estoy, aprender que mis juicios son solo una interpretación personal de la realidad. Así que voy con calma y a mi ritmo. Acepto que otros también lo hacen y que no me compete interferir de ninguna manera sus procesos. Por eso cada mañana, al despertar, repito tres veces esta frase en mi cabeza: «Señor, concédeme paciencia para aceptar lo que no puedo cambiar; valor para cambiar lo que sí puedo; y sabiduría para reconocer la diferencia». Porque de eso se trata mi proceso de aprendizaje en este planeta: Paciencia, valor y sabiduría. Ahora que lo tengo claro, elijo vivirlo plenamente. A eso le llamo SER LIBRE. //

 

 

 

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Notas al paso de algo que creo.

Ella cree que con los años necesita más filtros en las fotos y retoques con complejas aplicaciones para celular. Aún no se da cuenta que es hermosa tal y como es.

Él piensa que ninguna mujer lo amará porque no es lo suficientemente guapo o fitness y porque su billetera no tiene dinero. Todavía no está listo para ver su belleza más allá de todas esas cosas.

Nos pasamos la vida creyendo todas esas mentiras y otras aún peores. Las creemos porque las vemos reflejadas en los medios de comunicación, en las redes sociales, en los anuncios luminosos que pululan las calles, en la publicidad que nos dice cómo vernos, cuándo vernos y por qué vernos. 

Ya he hablado antes de esto, pero ahora quiero profundizar un poco más. No sé, creo que es por ser el primer día de este 2019. El tema es que si nos detenemos a mirar un momento, si paramos, ponemos freno de mano y levantamos la mirada, veremos cómo todo está hecho para que compremos algo «que nos haga mejores». Y bueno, sí, ¡compramos! Comprar no tiene nada de malo. Hacerlo por los motivos equivocados es el tema. Si compro para llenar vacíos, jamás me alcanzará el dinero o las cosas que compre. 

Hoy llevé a mi novia a ver el atardecer en la Costa Verde de Lima, Perú. Mientras le tomaba algunas fotos buscando el mejor fondo y el más perfecto ángulo, pensaba que todo eso era gratis. Claro, llegamos ahí en nuestro carro y usé mi celular de penúltima generación (no le encuentro sentido a los de la última) para tomar las fotos. Sin embargo, el hermoso paisaje, el cielo tornándose naranja, el sol bajando cauteloso y escapando del montón de nubes grises que lo escondieron por horas para, finalmente, aparecer triunfante y mostrarnos su belleza incomprable (iba a escribir «incomparable», pero me quedé con ese error sin corrección), a la par del sonido del mar, las piedras chocando unas con otras por el vaivén de las olas, las aves trinando a su paso por sobre nuestras cabezas y las voces de los transeúntes maravillados ante el espectáculo… todo, todo, todo eso fue GRATIS. El disfrute llegó sin pedir la cuenta o firmar un voucher



Señoras y señores, lo descrito tiene un nombre: ABUNDANCIA
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Y existe porque sí. Porque forma parte de nosotros y eso es lo que también somos. Solo que nos dedicamos años de años a perfeccionarnos en el triste arte de olvidarlo. Se nos olvida que estamos completos, que somos perfectos y que provenimos de la Divinidad. De tanto creer que estamos separados de Dios, terminamos por esperar que una sotana nos otorgue su bendición. Cuando la verdad es que somos bendecidos siempre y estamos unidos por defecto (o por default, como dirían los gringos). Y en el ejercicio cotidiano de olvidar lo importante, pensamos que un filtro para fotos o un cuerpo o el dinero nos hará por fin felices. Pero eso no ha sido así jamás y jamás lo será. ¡No lo sabré yo!

Por eso me dejo las canas, no uso maquillaje y cuando me dan ganas de ser controversial, me pongo corbata y salgo a la calle. ¿Sabes? Se que tú me lees (o ves mis videos) sin importar cómo me veo. Y cada vez que alguien me lo hace saber, esa es una pequeña victoria para mí. Porque yo no soy mis canas, mi falta de maquillaje o mi corbata. Tampoco soy la que se maquillaba, usaba tacos y vestido. Yo Soy. Solo eso. Así de completa y perfecta. Así como eres tú. Así como lo es ella y también él. Todos Somos. Y te puedo asegurar que con eso basta y sobra. Salgamos a la vida a disfrutar de ella, que la cuenta para hacerlo ya ha sido pagada mucho antes de que eligiéramos venir a este planeta llamado Tierra.


¿Te hace sentido?//

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(Para mí)




Llevo algunos días dándole vueltas a esta idea. Esto de evadir la Navidad o saltármela. A estas alturas puedes estar pensando que soy una especie de Grinch (¡el cabello como lo tengo ahora ayuda mucho en la imagen!). De hecho, yo misma me he llegado a considerar así. La historia del Grinch tiene que ver con robar los regalos, porque finalmente son estos lo que «hacen» la Navidad. Sin embargo, en el libro (y en la película) se concluye que el verdadero espíritu navideño no está en todas esas cajas envueltas en papeles rojos y verdes. Por el contrario, como lo dice el texto en Wikipedia: «el principal significado de la Navidad es pasarla con la familia». 

Y aquí es donde entro en trompo. Hace unos días iba conduciendo por una avenida principal en Lima, la ciudad donde vivo, y vi en un panel publicitario la frase: «Eres lo que regalas». No recuerdo de qué marca era la publicidad, solo sé que en ese momento sentí lo que podría llamar indignación. Inmediatamente redireccioné mi pensamiento –que es algo que estoy acostumbrándome a hacer, algunas veces con excelentes resultados y otras con consecuencias que rayan con la catástrofe–y generé este nuevo concepto en mi mente: ¡Claro! Si regalo amor, Soy Amor. Pero dudo que eso sea lo que el anuncio haya querido generar. La verdad de lo que pienso es que esta época es la de mayor consumismo hueco que existe y que ninguna otra época se le parece en términos de lo que la gente gasta para «demostrar» que el otro «le importa». 

Pero no solo se trata de lo que gastamos en términos financieros. También en emocionales y energéticos. Hace poco compartí en mi Facebook personal el siguiente post:



Estas tres frases resumen lo que quiero decir en este texto. Aunque nos hayan hecho creer que «Navidad es regalos» o «Navidad es familia», lo que creo es que nada se puede celebrar si no logro sentir en mi corazón el Amor de Dios (esto suena súper religioso, ¡pero nada que ver!). Y ese sentimiento no es algo sencillo de encontrar. Requiere mirarnos una y otra vez bien adentro, reconocernos, respetarnos, tenernos compasión, ser pacientes con nosotros mismos, creer que sí podemos crear lo que anhelamos desde el corazón, amarnos incondicionalmente y estar dispuestos a renunciar a todo lo que creíamos que era para permitirnos recibir lo que realmente es

Entonces, hoy que conversaba con mi hijo sobre lo que era la Navidad para él y luego de escucharlo decir cosas bastante típicas (obviamente, no tendría porqué ser diferente) y ante su repregunta de: ¿Qué es para ti la Navidad?, yo solo pude decirle que a estas alturas sé lo que no es. Navidad no es regalarle cosas a la gente, sea quien sea. Navidad no es reunirte una noche en familia cuando el resto del año prácticamente ni se visitan. Navidad no es la publicidad que nos venden. Y mientras escribo puedo comenzar a sentir lo que sí es para mí la Navidad:

1) Es la llamada de mi hijo por celular, pasada la locura de medianoche, para decirme que me ama y lo que le dan ganas de decirme.

2) Es la tranquilidad de pasarlo donde quiero y con quien quiero.

3) Es recibir mensajes reales de amigos y amigas reales, no cadenas ni memes prefabricados.

4) Es que Atom (mi mascota perruna) pueda pasar la noche sin miedo por tantos fuegos artificiales. 

5) Es mirar a los ojos a mi novia y celebrar que es nuestra primera Navidad juntas porque el Universo ha conspirado para que así suceda (¡ese sí es un regalo!).

6) Es el abrazo de las personas que amo, estén donde estén. Solo saber que pueda que me piensen en ese momento, ya me llena de energía bonita, muy bonita.

7) Es recibir regalos hechos a mano o que hayan costado poquito. Nada de montos mínimos. 

8) Es que mi hijo y mis sobrinos aprendan que los regalos no significan nada de nada. Que el abrazo lo significa todo, absolutamente todo. 

9) Es la lágrima libre, por quienes no están.

10) Es la certeza de que cada año seré una mejor persona, porque así lo elijo

Así que quiero terminar este texto deseándote precisamente todo esto. Y también quiero desearte que no recibas cajas llenas de vacío o botellas con aromas sin amor. Que si vas a recibir regalos, que sea en cualquier momento del año (como mis amigas Fio y Dani, que andan maravillosamente navideñas en todo momento). Que la frase de Alicia en el país de las maravillas sea una realidad para todos: «Feliz, feliz no cumpleaños«. Que podamos regalarnos todo el tiempo la cercanía del tacto, la belleza de mirarnos sin dudar y la certeza de escucharnos con amor. Si esto ocurre este 25 de diciembre de 2018 y se repite cada año, colgaré definitivamente mi disfraz de Grinch y me dedicaré a festejar la Navidad.

¿Te hace sentido?//

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Es la frase que me soltó mi hijo esta tarde. La cogí con aparente dignidad y me la puse en los pies, para salir a caminar con ella.



Sé que mi ego está en juego. Soy escritora además de coach ontológica, pero no logro que mi hijo se interese ni un ápice por la lectura. Nada me funciona. He probado todo tipo de métodos, desde los más cálidos y amorosos hasta los más rastreros (incluido el soborno). ¡Nop! Así, con «p». Simplemente no quiere. Así que esta tarde he caminado con ese «Jamás me gustará leer», durante hora y media, acompañada por mi perro y su persistente instinto de marcarlo todo. Caminar siempre me aclara la mente. Por eso escribo este post, para compartir contigo –que sí amas leer… o bueno, que te gusta hacerlo–lo que he visto a raíz de este comentario.


Si pudiera volver unas horas en el tiempo, le respondería: «Hijo, yo jamás podré lograr que te guste la lectura». A esa reflexión llegué. Así como no podré lograr que nada ocurra en los demás. Esa ilusión de que podemos controlarlo todo es solo eso, una ilusión. Lo único que puedo «controlar» es mi amor por la lectura, el tiempo que yo me dedico a leer y lo que gano con cada palabra que voy sumando a mi vocabulario y con cada frase que voy guardando en la maleta con forma de corazón que tengo en el pecho. Solo puedo lograr en mí aquello que realmente anhelo. Eso es una bendición. Significa que mi amor por la lectura, tan mío, tan íntimo, tan personal, solo depende de mí. Nadie podrá jamás arrebatármelo. Y la verdad es que yo no quiero que mi hijo me recuerde como la mamá jodida que quería obligarlo a leer. Prefiero que me recuerde como la mamá que amaba sentarse en la sala de su departamento en Lima, con un libro en las piernas y algún licor amable como grata compañía. Que me recuerde como la mamá con la que podía hablar de casi cualquier tema. Que piense en mí como alguien auténtica, transparente y divertida a su manera. Y si bien tampoco podré controlar cómo es que mi hijo me recordará cuando yo no esté a su lado, lo que sí puedo es imaginar que así será y con eso, vivirme este tiempo en paz y con alegría. 


Nada será como yo quiero que sea. Todo es y será como debe ser.
 Mira lo magnífica que es esta declaración. Visto así, nada de lo que ocurre allá afuera depende de mí. Solo me toca hacerme cargo de lo que ocurre adentro. Solo me toca hacerme cargo de los libros que yo leo, las películas que yo miro, las caminatas que yo ando, los viajes que yo viajo. Esa es una inmensa y hermosa libertad. La libertad de gobernarme a mí misma, por elección y por amor. La libertad de no interferir en el gobierno de lo demás. Si al hacer esta elección, soy inspiración para alguien más, entonces un nuevo milagro habrá ocurrido. Y yo creo en los milagros. 


Así que, hijo mío, si en algún momento y por cosas de la vida llegas a leer este post, quiero que sepas que jamás podré lograr que ames leer o que hagas cualquier cosa que, según yo, te haría bien. Que entiendo que todo eso siempre dependerá de ti. Y que mi único legado real será que puedas verme aprendiendo a ser feliz (¡sin control alguno de nada!). Y eso está bien para mí.


¿Te hace sentido?//

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Nada más y nada menos.


Crecí en un ambiente en el cual decir: «Soy magnífica», era imposible. Y no solo me refiero a mi casa, en realidad estoy hablando de todo mi país. Durante años hemos negado lo que somos. Recuerdo la frase que me soltó un amigo español hace un tiempo: «¡Ustedes creen que decir que uno vale es soberbia! Cuando no es otra cosa que aceptar una realidad. Les enseñan que humildad y autoreconocimiento son antónimos. ¡Eso es hipocresía!», concluyó. Ese comentario me cayó muy fuerte. En verdad era muy difícil para mí pensar de esa manera, creer que lo que yo valgo y mis dones o logros podían –y debían–ser reconocidos por mí misma. Tenían que ser otros los que lo hicieran, sino se me vería como una mujer soberbia y orgullosa. ¡Qué pecado!

Me tomó años mirarme al espejo con amor, compasión y admiración. Estaba absolutamente ejercitada en pensar mal de mí. Y por ende, en pensar mal de los demás. No era capaz de reconocer mi valía y, desde esa falta de autoreconocimiento, la manera de reconocer a los demás por sus dones y logros era a través de frases bien pensadas, pero jamás así de sentidas. ¿Cómo reconocer a otros desde el corazón cuando yo misma no podía reconocer en mí el amor, la bondad, la inteligencia y la humildad? ¿Cómo aceptar el valor en otros cuando no era capaz de aceptar el valor en mí? Y visto así, ¿de qué manera estaba influyendo en mi entorno? ¿En mi hijo? ¿En mis relaciones en general? Todo esto necesité mirarlo desde adentro para poder darle la vuelta y en el camino entendí algunas cosas:

1) Mi brillo interior es inevitable. El tuyo también. Lo que sucede es que lo olvidamos porque para eso estamos aquí, para recordar quiénes somos en realidad. De dónde provenimos y a dónde volveremos.

2) A muchas personas mi brillo les asusta. El tuyo también. Esto ocurre porque al vernos eso les recuerda su propio brillo, que lo han perdido y que les toca recuperarlo. ¡Hacerse responsables de brillar! Y la verdad, no todos están dispuestos a hacer ese trabajo, así que prefieren no verte brillar, negar que lo haces.

3) Brillar no es difícil. Lo difícil es no hacerlo. Requerimos un alto nivel de esfuerzo y mucha energía para evitarlo. ¡Por eso esta sensación permanente de lucha y cansancio! Llevamos toda la vida haciendo de todo para que no se nos note lo magníficos que en realidad somos. Nos toca quedarnos quietos un rato, dejar de pelearnos con la verdad de que somos seres divinos viviendo una experiencia humana. Calmar la mente para que podamos volver a vernos. Re-conocernos. Recordar quiénes somos.

4) Soy responsable de mí. De recordar quién soy yo. Esto es muy importante que podamos entenderlo. No soy responsable de ti. No me toca hacerte recordar quién eres. Si yo me hago responsable de lo que me toca, indefectiblemente estaré contribuyendo a que tú también lo hagas. Esa es la maravillosa realidad del Somos Uno. Así que, si de alguien debo hacerme cargo, es de mí misma. Y tú de ti mismo. Hagamos cada uno su tarea. Con eso contribuiremos al despertar de la humanidad más que empleando esfuerzo y energía en que otros vean. Si yo veo, tú ves. Si yo sano, tú sanas. 

5) Cuando sirvo desde el amor incondicional, aquello en lo que creo se expande. Y en esa tarea solo puede haber ganancia para todos. La abundancia radica en creer que cada uno de nosotros es la provisión ilimitada de toda cosa buena y perfecta. Eso es mirar con amor. A mí misma y al prójimo. Un Curso de Milagros dice: «No les falles a tus hermanos, pues de lo contrario te estarás fallando a ti mismo. Contémplalos con amor, para que puedan saber que forman parte de ti y que tú formas parte de ellos» (Lección 139). Esto significa aceptar la verdad de quienes somos todos: Uno solo con Dios. Cuando logramos eso, así sea por unos breves momentos, el mundo como lo conocemos se modifica esencialmente. A eso le llamo yo «paraíso».

He querido escribir este post hoy a raíz de la última sesión que tuve en mi proceso de formación como Practitioner en la Metodología Consciencia y Meditación Cuántica. No siempre es fácil reconocerme como parte de la Divinidad, finalmente sigo viviendo la experiencia humana. Sin embargo, para mí es cada vez más claro que Yo Soy. Y desde ahí, puedo declarar sin lugar a dudas lo que yo quiera. Por eso: Yo Soy Magnífica. 

¿Qué te animas a declarar de ti mismo hoy? //

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Tengo 46 años. Hoy mi viejo, Oscar Vicente Montalvo Finetti, tendría 88. Acabamos de sacar las cuentas con mi hermana menor. En 2016 escribí y publiqué mi primer libro: 100 textos tardíos. Sé que escribir sana, lo he vivido en carne propia. He experimentado la liberación que significa contar lo que se guarda en el alma. En mi libro tuve un espacio especial con mi padre. Mientras estuvo vivo (falleció en 2006), mi relación con él no fue buena. Aunque esto de bueno o malo es tan relativo, finalmente él cumplió a cabalidad el acuerdo de ser quien tenía que ser para que yo aprendiera lo que tenía que aprender mientras estuvo aquí conmigo, con todas las Montalvo. Y con los Montalvo también. Y con aquellos de nuestra familia que no lo conocieron, pero que le heredaron todo lo que estaba previsto heredar. Así funciona el Universo. 


En la época en la que me acerqué a mi viejo a través de mi libro, lo hice desde la incontenible necesidad de tener una figura masculina en mi vida. Estaba afianzando la mía propia y resulta que lo más masculino que jamás conocí fue mi madre. Ojo, solo en caso de que no puedas digerir lo que estás leyendo, te hago la salvedad de que femenino y masculino no tienen que ver con ser mujer o ser hombre, sino con la energía que llevamos dentro y que se manifiesta en formas de ser. Nada más. Así que, cuando escribía sobre Oscar Vicente, lo hacía queriendo vivir con él esas cosas que se supone los hijos viven con los papás (o lo que yo imaginaba que sería una linda relación con mi viejo). Quería tenerlo a mi lado, fumarme un cigarrillo con él, conversar sobre sus años de fútbol y su vida en España. Jugar a las cartas o cualquier juego de mesa de esos que no tuve el permiso de jugar de niña, precisamente porque era niña. En pocas palabras, lo quería para mí. Y desde la rabia de no tenerlo a mi lado, surgió este texto publicado en mi libro y que comparto aquí contigo:


El cáncer se lo llevó antes de matarlo. Porque lo retuvo más de 2 años y se lo fue comiendo de a pocos. Un cáncer a la piel que lo trató con dureza y sin compasión. 


Hoy pienso en él y en lo que representa para mí. Y al pensarlo, siento que no pude tener un padre más perfecto. Me veo reflejada en él y eso me permite conocerme más. Porque lo que veo reflejado, aquello que me gusta y que detesto, es parte del camino de sanación para mí y para mi linaje paterno. Así como para todo el linaje masculino en mi familia. Una vez escuché a alguien decir: «Si yo sano, sanan siete generaciones hacia arriba y siete generaciones hacia abajo». Y este post, así como mi libro, buscan precisamente eso. Hacer mi parte para que sanemos todos. 


Ser hombre no debe ser nada fácil. De hecho, ser hombre en mi familia creo que es un reto realmente jodido. Así que hoy quiero honrar a todos los hombres Montalvo y también a los Sánchez. Quiero honrar a todos aquellos que se pusieron en servicio para que yo pueda comenzar a mirarme hoy cada vez más hacia adentro. Quiero reconocerlos en su honor, su valentía, su fuerza, su amabilidad, su amor. Y quiero decirles, así en la voz alta que me permite este texto:


«Gracias. Gracias. Gracias. Por cumplir nuestros acuerdos. Por mostrarme el camino. Por elegir ser mi espejo. Por sufrir lo que sufrieron y amar lo que amaron. Hasta aquí reconozco, entiendo y amo lo que hicieron. Honro su legado. Y les pido permiso para hacerlo un poco diferente de aquí en adelante».


Descansa en paz, Oscar Vicente Montalvo Finetti. Te amo.//

 

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No recuerdo en qué momento ocurrió, solo sé que de pronto me di cuenta que no estaba respirando. Simplemente había dejado de inhalar y exhalar como cualquier ser humano que se jacte de estar vivo. No tengo idea de cuánto tiempo llevaba así, solo recuerdo haber sentido que el aire me faltaba y que, por alguna razón que entonces no podía entender, me resistía a dejar que saliera lo que había acumulado en mis pulmones. Y como es obvio, si no sale el aire que tenemos dentro, el aire nuevo no podrá entrar jamás. Así que, en medio de la confusión generada por el miedo y la sorpresa, me encontré a mí misma haciendo un esfuerzo por recuperar el aliento. Como cuando has estado mucho tiempo bajo el agua o bajo las sábanas y de pronto sientes la enorme necesidad de respirar aire puro. Así que solté lo más rápido que pude el aire que había estado reteniendo e inhale con ansiedad. Mi pulso cardiaco estaba acelerado y mi mente en presente total. Estaba absolutamente consciente de mi respiración.

Todo esto ocurrió hace más de 10 años. ¿Cuántas veces antes me había pasado? No tengo idea. ¿Cuántas veces más me ha pasado después? Muchas. Aunque cada vez menos. Respirar es un acto que damos por sentado. Como vivir o amar. Y solo cuando algo nos saca de esa transparencia nos podemos dar cuenta de que no nos sentimos bien, de que algo nos falta y lo que puede llegar a ser más desesperante aún es que no tenemos idea qué es o por qué no está. Mientras no lo notamos, la falta de aire es algo que en apariencia no interfiere abiertamente en nuestra vida. Es solo cuando respirar se convierte en un acto de vida o muerte, que caemos en cuenta de cómo lo estamos haciendo. En algún lugar leí que «vivimos nuestra vida del modo como respiramos«, y en ese momento comprendí que yo vivía en constante represión de mis emociones. Por eso respiraba así, como aguantando.

Y bueno, sucede que desde hace algunos meses elegí tomar consciencia de mi respiración. Empecé con ejercicios sencillos de inhalación y exhalación que me permitieran oxigenarme. No siempre recordaba hacerlos, pero cuando lo hacía era en absoluta conexión con mi cuerpo. Sentía mi nariz enfriarse al entrar el aire y calentarse al salir. Sentía mi pecho y mi abdomen extenderse y contraerse. Sentía los hombros liberarse y la mandíbula ir soltando poco a poco la tensión. De hecho, mientras escribo esto, puedo sentir todo lo que describo. Y todo por el simple acto de tomar consciencia de que respiro. Eso es estar en presente.

Esta mañana conversaba con una de mis coachees acerca de cómo nuestros pensamientos definen nuestra realidad. Y en medio de esta conversación, la invité a que iniciáramos juntas un proceso de aprendizaje durante nuestras sesiones mediante la meditación. Después de todo, meditar es estar en presente. Y respirar es exactamente lo mismo. La frase que le dije fue como un altavoz hablándome a mí misma: «Devuélvele a tu mente la paz del presente». En ese momento recordé que hubo una época en la que yo no sabía respirar o, más exactamente, no estaba consciente de cómo respiraba. Y eso mismo me pasaba con la vida. No sabía vivir o no estaba consciente de cómo vivía. Lo curioso y sencillo de todo esto, es que solo podemos respirar en presente. Y lo mismo ocurre con la vida. O con el amor. Solo podemos vivir o amar en presente.

Es aquí donde surge la posibilidad de elección entre una respiración (vida, amor) superficial y privada de sentido, o una que me permita la armonía entre lo que «tomo» (inspirar) y «doy» (expirar). Y lo que yo estoy eligiendo, cada vez más, es la armonía.

¿Te hace sentido?

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Hace años me llamó por teléfono una amiga. Ella estaba desesperada. Se sentía muy mal. En realidad, sentía que quería terminar una relación que a todas luces era tóxica, pero no sabía cómo lograrlo. En ese momento se me ocurrió esta idea: Si prendes un cerillo (palo de fósforo) y comienza a quemarse, ¿cuándo lo sueltas?, le pregunté. Su respuesta fue simple: «antes de que me queme».

Lo mismo debería ocurrir en el mundo emocional, pero nos aferramos a aquello que nos daña pensando que cambiará, que dejará de hacernos daño e incluso, con la ilusión de que nos hará bien.

Nos toca soltar aquello que está dañándonos de la misma manera en que soltamos el cerillo cuando sentimos que su llama nos quemará. Es decir, aceptando que es su función y que ese fuego en particular existe para eso, no para beneficiarnos desde lo que queremos, sino exclusivamente desde lo que nos quiere enseñar. Es decir, aceptar el aprendizaje, dejarlo ir y prepararnos para algo mejor.

A lo largo de mi vida me he quemado muchas veces emocionalmente. En mi proceso de formación como Coach Ontológica Integral y gracias a muchas otras herramientas que elegí adquirir desde hace 8 años, ese «cerillo» ya casi no está prendido. Las veces que ocurre y se prende por algún motivo en particular, puedo reconocer que eso está pasando para mostrarme algo que, de otra manera, no podría ver

Pero los aprendizajes no tienen que ser todo el tiempo con cerillos, es decir, no tenemos que sufrir para aprender. También podemos hacerlo desde la liviandad, el disfrute y el amor. A esa sabiduría se llega por pura voluntad, con el ejercicio diario de la humildad, el respeto (a mí misma y hacia el otro) y la construcción del amor propio. Es como ir al gimnasio, a veces no dan ganas, pero cada día que no me ejercito en este aprendizaje, no solo es una pérdida sino que se vuelve, literalmente, un retroceso. Entonces elijo seguir adelante, fortalecer el músculo del autoconocimiento, amarme incondicionalmente y creer en mí. Los cerillos, por ende, se apagan solos y muchos jamás llegan a prender. 

Así que, como dice la canción de María Isabel Saavedra: «De eso se trata / de equivocarse / y de perder el miedo / y no querer salvarse / De eso se trata / la vida misma / de mil veces errar y luego perdonarse / Y descubrirse / pariendo versos / que a nadie llegan si por dentro estás desierto / poner la cara / creerse muerto / para nacer de nuevo / en cada madrugada».

¿Te hace sentido? 

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Yo escribo desde lo que vivo. Me resulta inevitable.

Hace unos días fui con unos amigos a la playa. No soy una mujer de playa. Aunque tal vez deba decir que lo que no soy es de las que se emocionan por ir. Me gusta sentarme en la orilla con una cerveza en la mano y ver el mar. No sé nadar, entonces no disfruto de mares movidos. Pero esta vez decidí entrar, mojarme, disfrutarlo. El Silencio es una playa limeña brava. Parece mansa, pero de pronto algo la enciende y se pone agresiva. Justo pasando la orilla tiene huecos en la arena. Si no sabes nadar, ¡no te metas! Me recuerda a mí. En fin, mejor sigo con la historia. Ya con las piernas mojadas podía sentir claramente cómo el mar me jalaba con fuerza. Pensé que podría con él, así que no hice caso de mi instinto y seguí avanzando. El Silencio ya había despertado. Las olas se notaban más grandes y en un arranque de fe en mí misma recordé que podía correr hacia ellas y justo antes de que revienten zambullirme en la base para sortearlas y salir al otro lado. Al tercer paso de mi primer intento me hundí en un hueco de arena, perdí piso y solo pude sentir cómo la ola me golpeaba directo haciendo que pierda el equilibrio por completo. El mar había hablado, no me quería adentro. Por suerte, mi amigo Diego estaba a un paso de mí y corrió a auxiliarme. Me ayudó a ponerme de pie y nos reímos de lo ocurrido. Tenía el cuerpo y el cabello totalmente cubiertos de arena. De hecho, sentía la arena en partes que prefiero no detallar aquí. Cuando volví a ver el mar, nuevamente estaba «en silencio». Mi hermana estaba también ahí y me comentó lo de los huecos pasando la orilla. En ese momento pensé: “¡Claro! Solo tengo que pasar los huecos y podré llegar al otro lado». Al otro lado todo se ve manso, en paz. Pero para llegar ahí… ¡hay que pasar los huecos! Así que decidí probar una vez más. Avanzamos con Pao y la vi hundirse bajo la base de la primera ola y salir airosa al otro lado. Ubiqué mi primera ola y me hundí también, todo correcto. Pero cuando salí de esa, venía una más casi de inmediato. Así que busqué acomodarme lo más rápido posible y me hundí en la segunda. Salí un poco asustada. Para la tercera —que ya casi tenía encima—corrí con la seguridad de que llegaría y, de pronto, pasó lo que quería evitar: perdí el piso y me hundí en un hueco de arena. El mar me tenía por completo a su merced. Y yo lo sabía. Todo esto ocurría a solo unos pasos de la arena seca, pero mi cerebro no podía procesar esa información. Lo que hizo fue traerme un recuerdo antiguo en otra playa limeña llamada León Dormido (¡el nombre lo dice todo!). Hace más de 15 años me pasó lo mismo en esa playa y recuerdo haberme peleado por completo con el mar. Yo luchaba contra él, tratando de levantarme y con mínimos esfuerzos sus olas me revolcaban una y otra vez. Producto de esa batalla terminé tragando mucha agua salada y también muy golpeada y raspada por la arena. El ardor me acompañó varios días. Y la vergüenza también, porque mi ropa de baño fue a dar a algún lugar que no recuerdo. En ese momento mis pensamientos estaban en no perder la ropa, pero fue inevitable. Y la lucha para que no me vean casi desnuda y vulnerable, me hizo ver precisamente así. Fui «rescatada» por otro amigo entonces. Y su comentario fue: “¡Estabas en la orilla, Clau! ¡No puedo creer que te pelearas tanto por levantarte en la orilla!». 

Ese recuerdo vino a mí en El Silencio. Solo que esta vez elegí no pelearme con el mar. Total, sabía que me ganaría igual. Sentí como las olas me revolcaban. Sentí mi cuerpo dando volantines en el agua. Pensé que en algún momento volvería a tocar arena y en ese instante podría saber dónde era arriba y dónde abajo. No me serviría de mucho porque nunca he podido abrir los ojos con agua en el rostro, pero por alguna razón ese pensamiento me daba algo de tranquilidad. Cuando llegué a la arena otra vez, la fuerza de las olas se encargó de mantenerme sentada. Casi de inmediato vino una nueva ola y me revolcó otra vez. Me dejé ser, todavía tenía algo de aire en los pulmones. Nuevamente el caos. Arriba, abajo, arena, fuerza de las olas en la orilla, ojos cerrados. Cuando sentí la cabeza libre, respiré lo más que pude y dije con una voz que estoy segura fue casi inaudible: “¡Ayuda! ¡Ayúdenme!”. No podía pararme, la ropa de baño estaba totalmente fuera de su sitio y sabía que vendría una nueva ola pronto. Así fue. Justo antes de que me lleve, logré tomar una bocanada de aire y me dejé llevar. Por tercera vez caos. Sin pelearme, solo me dejé. El mar estaba jugando conmigo. Acosándome. Hostigándome. Y yo solo pensaba en desorden o tal vez sentía en desorden. Por tercera y última vez me dejó sentada en la orilla. La voz de mi hermana Pao, que libraba su propia batalla con las olas en ese momento, pudo ser audible para mí por fin: “¡¿Puedes ayudarla, por favor?!”. Ya estaba comenzando a desesperarme, pero no quería pelear. Sentí que una mano cogía mi brazo derecho y me decía amablemente: “Levántese, señora”. Me aferré al brazo de donde provenía la mano y le dije: “No me sueltes”. Vino una cuarta ola fuerte, muy fuerte, pero no logró tumbarnos:

—“Arréglese la ropa, señora”, fue su segunda frase.
—“No importa. Soy un ser humano, no verás nada raro. Solo sácame de aquí, por favor”. Le respondí.
—“Sí, ya la vi”.

Ahora que lo pienso, fue una conversación muy correcta en medio de tanto desorden. Salimos a la arena seca y por fin pude abrir los ojos. Era un muchacho de no más de 20 años, de mirada amable. O por lo menos eso quise ver yo en sus ojos. Le agradecí y comencé a acomodarme la ropa. En el proceso de esta historia cualquiera que haya estado cerca al lugar pudo haberme visto los senos, el pubis y las nalgas al descubierto. Literalmente, no me importó. Me acomodé la ropa de baño lo mejor que pude y comencé a tratar de eliminar la arena de mi cuerpo. ¡Imposible labor! La tenía pegada. Era la evidencia de lo que El Silencio acababa de hacer conmigo. Solo cuando estuve totalmente seca, pude quitarme la arena de encima.

Reflexioné varios días sobre todo esto. Quienes han leído mi libro #100textostardios saben que escribo para no olvidar. Lo que viví en esos minutos se parece mucho a lo que es mi vida. A veces soy el mar de El Silencio. Otras soy la novata inexperta que trata de sortear olas bravas a punta de golpes y peleas. También puedo ser el recuerdo que me ofrece sabiduría. Soy vulnerable. Soy decidida. Soy la que pide ayuda. Soy la que se deja ayudar. Y siempre, definitivamente siempre, Soy aprendiz. De la revolcada en esta playa no tengo raspadura ni dolor alguno. Tuve que vivir lo de León Dormido para salir ilesa de El Silencio. Como en muchas cosas por vivir, atravesar los huecos para llegar a la mar mansa requiere un conocimiento que aún no tengo. Mi trabajo real en esta vida es aprender. Aprender para recordar. Recordar quién soy: 

Soy juego.
Soy calma.
Soy sana.
Soy mar.
Soy feliz. 

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Este es un blog de viaje, no de viajes. Lo que aquí encontrarás son algunas partes de mi viaje por este planeta que llamamos Tierra y a través de la vida de esta mujer llamada Claudia Montalvo. De hecho, ese no es mi nombre verdadero. Tengo un nombre «simbólico» que se acerca mucho más a quien soy. Me llamo «Vengo del Pasado La PM». Lo de La PM no puedo explicarlo, a mí no me queda claro todavía. Lo de Vengo del Pasado sí fue clarísimo la primera vez que lo leí, porque me llegó por correo electrónico. Así es el Universo, usa absolutamente todos los canales disponibles. Y si realmente queremos, podemos estar en conexión continua. 

Pero hay un motivo puntual por el cual estoy escribiendo este post. Llevo 9 días fuera de Perú, que es donde actualmente vivo. Vine de vacaciones a Colombia. A pasar días de ensueño acompañada de mi novia en Playa Blanca, Isla Barú, Cartagena. Estuvimos alojadas en una cabaña de un hostel maravilloso, donde las personas que nos atendían eran sumamente amables. Nada era de lujo, todo lo contrario. Llegamos ahí luego de salir de una cabaña previa en la que un pequeño hermano roedor nos acompañó la primera noche, haciendo lo que hacen los ratones, roer todo lo que podría ser comestible. En la nueva cabaña el lujo mayor era un mosquitero que nos protegió de los mosquitos las dos noches que allí pasamos. El baño era compartido y siempre estaba limpio. Quienes nos hospedábamos ahí cuidábamos que así fuera. Comimos poco, pero casi no hacía falta. Nos tomamos unas cuantas cervezas, 7 para ser exactas. Y nos bañamos en ese mar tibio, transparente, manso y tan acogedor que parecía los brazos de mi madre, la Cuchita, cuando me recostaba con ella en la cama y le buscaba ese bracito gordito para sentirme en casa. Todo estuvo bien, hasta que me descuidé. No me eché protector suficiente y anduve como niña sin padres, suelta por la playa, caminando innecesariamente largas distancias, bajo un sol que ese día sábado estuvo particularmente abrasador. Para la tarde me quemaba todo, en particular los hombros y las piernas. Para la noche temblaba incontrolable y tenía partes del cuerpo muy frías y partes muy muy muy calientes. Todos me atendieron de alguna manera, pero en especial mi novia. No dejó de ponerme paños de agua fría que a los segundos se hipercalentaban, así que debía hacerlo una y otra vez. En algún momento se combinaron el ardor y el dolor en un nivel que para mí era muy fuerte. Lloré. Solo unos segundos. Para liberar a esta niña asustada y permitirle mostrarse. A las tres horas, con pastillas para el dolor de por medio y paños fríos que iban y venían, logré quedarme dormida. 

Al día siguiente partimos a Turbaco, que es donde vive una gran amiga y hermana de la vida, quien muy amablemente nos estaba hospedando hasta nuestro viaje a Bogotá que sería al día siguiente. Manejé por la carretera, paramos para hacer lavar el carro y al bajar del aire acondicionado a los 35 grados centígrados que había allá afuera, sentí como si la pierna izquierda se me hubiera partido en dos. Casi no podía caminar y solo cojeando pude llegar a la sombra, pero el calor seguía y la pierna dolía. En ese momento supe que algo estaba mal. Para hacer corta esta parte de la historia, el diagnóstico de nuestra anfitriona en Bogotá –que coincidentemente, es médico–fue celulitis. Así que empecé a medicarme con antibióticos y analgésicos cada 6 y cada 12 horas, respectivamente. 

Y heme aquí. Mi novia viajó de regreso a Lima ayer martes. Yo lo haré mañana. Mis planes eran disfrutar Cartagena y Bogotá, tanto sola como acompañada. Y esos planes no se están dando como yo los imaginé. En su lugar, estoy teniendo un intenso viaje con tantos aprendizajes que se me queda corta la capacidad para procesarlos todos. Tuve tres señales que me dijeron en la playa: «¡Usa bloqueador!». No les hice caso. Y aquí en Bogotá, en la tranquilidad del Barrio de San Miguel, he tenido tiempo de sobra para pensar en ello, en cómo trato a mi cuerpo, en cómo estoy cuidando este envase que me permite vivir la experiencia de ser humana. También he tenido conversaciones hermosas con mi anfitriona, Ivonne, quien además de médico es una estudiosa de la BioDecodificación. Hemos hablado de las señales del Universo, de que jamás podemos ver toda la verdad, solo una parte de ella. De que no a todos les corresponde sanar en esta vida sino, probablemente, en vidas futuras y que ese dolor o esa enfermedad solo forman parte de su proceso evolutivo. Y que aquí y ahora solo nos toca soltar el control, dejarnos llevar y confiar en que todo saldrá bien. Recuerdo haber sentido eso en enero de 2016, cuando llevaba 7 horas conduciendo a más de 120 km/h por la Panamericana Norte, de regreso a casa, sola, sin música, con todos mis pensamientos arremolinados, los ojos llenos de lágrimas y la incertidumbre apretándome el pecho. Perdida. Así me sentía. Hasta que le hice un pedido a voz en cuello al Universo, a Dios, y la respuesta fue inmediata. En ese momento nació mi primer libro 100 textos tardíos Un libro que se escribió solo y en menos de 5 meses. 

Si algo me gustaría que te lleves de esta lectura es precisamente esta última parte: Confiar en la incertidumbre, dar un paso atrás y mirar todo el panorama posible, entregarte a aquello para lo que están pasándote las cosas y recibirlo todo en profundo y sincero agradecimiento. Yo no debía viajar a Cartagena, me tocaba ir a Villa de Leiva para apoyar voluntariamente como Staff en un taller. Pero nada de eso se dió y terminé sentada aquí, escuchando el álbum Grace And Gratitude que Olivia Newton-John produjo cuando tenía cáncer de seno y al cual yo jamás hubiera llegado de no ser porque me sobra tiempo para ver una película en Netflix llamada Deepak Chopra: Las 7 Leyes Espirituales del Exito, que te la recomiendo con amor y humildad. Toda esta calma en la que me encuentro ahora, que por ratos es sobrecogedora, solo llegó gracias a que mis planes no resultaron como los planifiqué.

Definitivamente, yo jamás tengo el control. ¡Gracias por eso! 

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