Libertad.
 Tremenda palabra. Durante años la tuve disociada de otra igualmente tremenda: Pareja. Creía que estar en una relación de pareja era sinónimo de vivir en una cárcel. Con el paso de los años, esa sensación se fue acrecentando hasta el punto que solo soñaba con salir corriendo, romper los barrotes que me mantenían presa y huir de «eso» que me retenía «contra mi voluntad». Ahora que leo lo que escribo me doy total cuenta de que lo realmente tremendo fue vivir con esta ilusión: Aquello que me «encarcela» está fuera de mí… cuando la realidad es que siempre estuvo dentro. Si hubo algo o alguien que se encargó de hacerme sentir como un ave enjaulada, esa fui yo. Mis parejas de turno solo tuvieron el rol de validar lo que para mí era una certeza, una creencia tan limitante que rigió mi vida en parámetros nada saludables. ¿Sabes qué pensamientos rondaban siempre mi mente? ¡Toma nota!:

– Me quedo por ella/él (mi pareja, nuestro hijo).

– Ojalá pudiera dormirme y despertar en el otro lado del mundo.

– Quiero irme, pero no puedo.

– ¿Qué dirá la gente de mí si me voy?


¡Así es! Viví como víctima más de 25 años. Siempre buscando alguien responsable de mi sufrimiento. Siempre esperando que apareciera la persona que me salvara de esa injusticia. 

Lo que no comprendía en esa época y que ahora me queda más claro que agua de manantial virgen, es que ¡resulta imposible ser libre sin hacerse responsable! Y como comprenderás, una víctima jamás se hace responsable de nada. Todo lo contrario, la única manera de ser LIBRE en todo el sentido de la palabra, es haciéndonos responsables de lo que es necesario para que esa libertad sea plena, consciente e irrevocable.

¿Y qué significa «hacerme responsable»? He ahí el asunto más delicioso de la experiencia humana, por lo menos para mí. Hacerme responsable es recuperar mi amor propio, retomar mi poder interior y aceptar que me toca vivir con los resultados de mis decisiones sin importar si me gustan o no, si son como los soñé o no, si me trajeron algo bonito o no. Nada me acerca más a la libertad que la responsabilidad. ¡Pero ojo! No estoy hablando de la responsabilidad entendida como una «carga». Es todo lo contrario. Porque asumir que tengo cargas me limita en todos los aspectos de la vida y me impide avanzar hacia el único propósito común en todos los seres humanos: Aprender a ser felices. Creer que porque me «cargo» con los problemas de otros además de los míos propios, estoy contribuyendo a ese propósito, es otra ilusión de la que hablaré en otro post. En este quiero hablarte de lo que entiendo ahora por ser LIBRE.




Las 5 cosas que para mí SON LIBERTAD

Este año cumpliré 47 años. Dicen que todos los seremos humanos podemos nacer dos veces: El día que vinimos al mundo y el día que sabemos para qué. A los 43 años me di cuenta para qué no había venido al mundo, pero llevaba ese mismo tiempo creyendo lo contrario, así que comprenderás que me ha tomado un tiempo aceptar que eso para lo que no vine, en realidad es lo que NO debo hacer. Ensayo error, se le llama. Desde mi experiencia, ha sido la mejor manera. Te tocará a ti encontrar aquella que sea la mejor para tu propia existencia en esta dimensión y en este planeta llamado Tierra. Así que entre los 43 y los casi 47 años, estoy en un siempre maravilloso y muchas veces agotador proceso: Quedarme con las lecciones producto de los errores. Hubo una época en que mi miedo mayor era perderme esas lecciones, no darme cuenta y caer otra vez en lo mismo. A estas alturas de mi vida entiendo que mi «velocidad» es precisamente mía y que si otros van más rápido o más lento que yo, es porque así debe ser. Ya desde la calma, cuando la respiración es fluida y puedo mirarme con amor y compasión ilimitadas, la posibilidad de compartir aquello que aprendo es real (desde otro lado, esa misma posibilidad se anula, porque no viene del corazón sino de la razón).

Así que comparto contigo las 5 cosas que siento que sí son para mí LIBERTAD:

1) ELEGIR QUEDARME. Nada me da más libertad que eso. Recuerda que durante muchos años creí que algo o alguien me obligaba a quedarme. ¡No tienes idea de cuánto soñaba con irme de casa, del barrio, del país e incluso del planeta! Dejar todo atrás, hacer como que nunca existió. Ahora sé que si estoy aquí, en esta casa, barrio, país y planeta, es porque así lo elijo. Y sé algo más: esta elección no es de Claudia Montalvo, la que escribe aquí y ahora esto que lees. Es una elección mucho más grande, que proviene de mi Conciencia Suprema y que si dejo de hacerme la heroína o la súper mujer, tendrá un desenlace más que perfecto.

2) DISPONER DE MI TIEMPO. Por lo menos, del tiempo terrenal que me ha sido concedido. Ahora mismo escribo esto al mediodía de un jueves cualquiera. Si bien tengo responsabilidades que elijo cumplir y muchas de ellas tienen un horario determinado, lo cierto es que poder elegir sentarme a escribir en el momento en que lo quiero hacer sin tener que pedirle permiso a nadie, eso es invaluable. Alguna vez le pregunté al Universo: «¿Para qué tengo tanto tiempo libre?». Te aseguro que la respuesta es: «Para aprender a ser feliz». Esto me lo he ganado, no siempre fue así. También pasé por horarios estrictos y tuve que marcar tarjeta. Sin embargo, entiendo bien que eso era necesario para aprender a valorar la felicidad de tener tiempo libre. Y me toca hacerme responsable de que esto siga siendo posible.

3) ELEGIR CON QUIÉN ESTOY Y CON QUIÉN NO. Estos solían ser los barrotes más gruesos y duros de romper. Sé que tenía que ver con eso que llamamos «lucir bien». El «qué dirán» era un peso gigante y que siempre cargaba pensando que se trataba de hacer «lo correcto». Lo peor de todo era mi creencia de que si yo estaba haciendo lo correcto, pues ¡los demás estaban haciendo lo incorrecto! Y la lucha constante era que se hiciera lo que yo pensaba que debía hacerse. Comprenderás que eso es una ilusión gigante, querer controlar lo que pasa afuera cuando no era capaz de manejar lo que ocurría adentro. Ahora sé bien que lo mejor que puedo hacer es estar solo con quien quiero estar y mantener al margen a aquellas personas con las que no quiero. Las consecuencias de esta decisión desde mi libertad pueden parecer unidireccionales, pero en realidad son bidireccionales. Te explico: Si yo estoy contigo sin querer estar, eso te afectará sí o sí; no solo yo me sentiré «mal» sino que tú también terminarás por sentirte así. Si yo elijo estar lejos de ti por los motivos personales que sea, tarde o temprano te sentirás libre también. Así, cuando nos toque estar cerca nuevamente, será en la total y absoluta libertad de haberlo elegido.

4) DEJAR AFUERA INFORMACIÓN TÓXICA. Llevo más de 7 años eligiendo no ver televisión (nacional o por cable) ni escuchar radio, lo que incluye programas basura, noticieros, telediarios, talkshow. Cuando la radio suena en mi carro, es para oír música. Aunque en estos casos prefiero también mis playlist en Spotify. El 90% de las películas y videos que elijo ver en Netflix y YouTube, son de contenido con sentido. Hay un 10% que es puro vacilón, a esos les llamo «para no pensar». Y otra cosa importante: No me sobre expongo tampoco a esa información. Por más contenido de crecimiento personal o espiritual que sea, mi mente racional necesita tiempo para integrarlo a mi Ser. Creer que mientras más le meto más aprendo es reforzar el sistema arcaico y obsoleto de la educación que rige nuestras sociedades. No se trata de saber más, sino de saberlo bien. Y eso requiere un proceso en el que cada cual conoce su velocidad.  Así que cuando me siento sobrepasada por esta información, me detengo un rato y permito que mis emociones (generadas por mis pensamientos) se calmen. Y luego, vuelvo al ruedo. Ahora mismo estoy escuchando audios de Gerardo Schmedling que compré hace poco. Son más de 60 y recién llevo 3, los he escuchado más de una vez cada uno y pienso ir a mi ritmo, porque entiendo que mi comprensión de lo que escucho va más allá de toda la información que recibo. Esto lo hago porque ahora entiendo que la principal fuente de toxinas está en mi mente, y que de nada sirve querer «alimentarme sano» si sigo creyendo que debo hacerlo a la velocidad del rayo.

5) ELEGIR CUÁNDO DECIR LO QUE PIENSO Y CUÁNDO CALLARLO. Esto es fundamental para mi ejercicio de la libertad y, desde mi punto de vista, para el de cualquiera. Pero nuevamente te digo, lo que es para ti y tus propias medidas, solo depende de una persona: TÚ. También es verdad que esta elección es una de las más jodidas, porque hay una aparente delgada línea entre decir lo que se piensa y arremeter contra el otro. Para mí ha sido muy importante autoconocerme para poder delimitar con claridad esa línea. Todo aquello que callo y me hace sentir incómoda, me aprieta la garganta o el pecho, me quita la respiración o me impide respirar fluido, es algo que debí decir. Y mientras siga callándolo, me seguirá doliendo. Por el contrario, todo aquello que elijo no decir y me sigo sintiendo en paz, estuvo bien callado y así debe quedarse. Aplicado a la elección de hablar: Todo aquello que digo y luego de decirlo me siento mal, debí guardar silencio por lo menos hasta identificar qué cosa de eso sí es necesario decir y qué cosa no. De igual forma, lo que al decirlo me hace sentir bien y en paz, estuvo bien dicho. En este aspecto, me parece que aprender a decirlo de manera asertiva es fundamental. La forma puede hacer que el fondo sea recibido o rechazado. No tengo maestría en esto aún, sin embargo entiendo que tenerla es importante y elijo seguir aprendiendo al respecto.

Finalmente, hay algo que no está en la lista pero que considero transversal a todo lo que he escrito, por eso no elijo numerarlo: Vivir sin juicios. Para mí esta es la mayor de las maestrías. Sé que si dejo de juzgar a otros es porque he dejado de juzgarme a mí misma. Y sin juicios solo existe paz interior. En ese camino estoy, aprender que mis juicios son solo una interpretación personal de la realidad. Así que voy con calma y a mi ritmo. Acepto que otros también lo hacen y que no me compete interferir de ninguna manera sus procesos. Por eso cada mañana, al despertar, repito tres veces esta frase en mi cabeza: «Señor, concédeme paciencia para aceptar lo que no puedo cambiar; valor para cambiar lo que sí puedo; y sabiduría para reconocer la diferencia». Porque de eso se trata mi proceso de aprendizaje en este planeta: Paciencia, valor y sabiduría. Ahora que lo tengo claro, elijo vivirlo plenamente. A eso le llamo SER LIBRE. //

 

 

 

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Notas al paso de algo que creo.

Ella cree que con los años necesita más filtros en las fotos y retoques con complejas aplicaciones para celular. Aún no se da cuenta que es hermosa tal y como es.

Él piensa que ninguna mujer lo amará porque no es lo suficientemente guapo o fitness y porque su billetera no tiene dinero. Todavía no está listo para ver su belleza más allá de todas esas cosas.

Nos pasamos la vida creyendo todas esas mentiras y otras aún peores. Las creemos porque las vemos reflejadas en los medios de comunicación, en las redes sociales, en los anuncios luminosos que pululan las calles, en la publicidad que nos dice cómo vernos, cuándo vernos y por qué vernos. 

Ya he hablado antes de esto, pero ahora quiero profundizar un poco más. No sé, creo que es por ser el primer día de este 2019. El tema es que si nos detenemos a mirar un momento, si paramos, ponemos freno de mano y levantamos la mirada, veremos cómo todo está hecho para que compremos algo «que nos haga mejores». Y bueno, sí, ¡compramos! Comprar no tiene nada de malo. Hacerlo por los motivos equivocados es el tema. Si compro para llenar vacíos, jamás me alcanzará el dinero o las cosas que compre. 

Hoy llevé a mi novia a ver el atardecer en la Costa Verde de Lima, Perú. Mientras le tomaba algunas fotos buscando el mejor fondo y el más perfecto ángulo, pensaba que todo eso era gratis. Claro, llegamos ahí en nuestro carro y usé mi celular de penúltima generación (no le encuentro sentido a los de la última) para tomar las fotos. Sin embargo, el hermoso paisaje, el cielo tornándose naranja, el sol bajando cauteloso y escapando del montón de nubes grises que lo escondieron por horas para, finalmente, aparecer triunfante y mostrarnos su belleza incomprable (iba a escribir «incomparable», pero me quedé con ese error sin corrección), a la par del sonido del mar, las piedras chocando unas con otras por el vaivén de las olas, las aves trinando a su paso por sobre nuestras cabezas y las voces de los transeúntes maravillados ante el espectáculo… todo, todo, todo eso fue GRATIS. El disfrute llegó sin pedir la cuenta o firmar un voucher



Señoras y señores, lo descrito tiene un nombre: ABUNDANCIA
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Y existe porque sí. Porque forma parte de nosotros y eso es lo que también somos. Solo que nos dedicamos años de años a perfeccionarnos en el triste arte de olvidarlo. Se nos olvida que estamos completos, que somos perfectos y que provenimos de la Divinidad. De tanto creer que estamos separados de Dios, terminamos por esperar que una sotana nos otorgue su bendición. Cuando la verdad es que somos bendecidos siempre y estamos unidos por defecto (o por default, como dirían los gringos). Y en el ejercicio cotidiano de olvidar lo importante, pensamos que un filtro para fotos o un cuerpo o el dinero nos hará por fin felices. Pero eso no ha sido así jamás y jamás lo será. ¡No lo sabré yo!

Por eso me dejo las canas, no uso maquillaje y cuando me dan ganas de ser controversial, me pongo corbata y salgo a la calle. ¿Sabes? Se que tú me lees (o ves mis videos) sin importar cómo me veo. Y cada vez que alguien me lo hace saber, esa es una pequeña victoria para mí. Porque yo no soy mis canas, mi falta de maquillaje o mi corbata. Tampoco soy la que se maquillaba, usaba tacos y vestido. Yo Soy. Solo eso. Así de completa y perfecta. Así como eres tú. Así como lo es ella y también él. Todos Somos. Y te puedo asegurar que con eso basta y sobra. Salgamos a la vida a disfrutar de ella, que la cuenta para hacerlo ya ha sido pagada mucho antes de que eligiéramos venir a este planeta llamado Tierra.


¿Te hace sentido?//

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(Para mí)




Llevo algunos días dándole vueltas a esta idea. Esto de evadir la Navidad o saltármela. A estas alturas puedes estar pensando que soy una especie de Grinch (¡el cabello como lo tengo ahora ayuda mucho en la imagen!). De hecho, yo misma me he llegado a considerar así. La historia del Grinch tiene que ver con robar los regalos, porque finalmente son estos lo que «hacen» la Navidad. Sin embargo, en el libro (y en la película) se concluye que el verdadero espíritu navideño no está en todas esas cajas envueltas en papeles rojos y verdes. Por el contrario, como lo dice el texto en Wikipedia: «el principal significado de la Navidad es pasarla con la familia». 

Y aquí es donde entro en trompo. Hace unos días iba conduciendo por una avenida principal en Lima, la ciudad donde vivo, y vi en un panel publicitario la frase: «Eres lo que regalas». No recuerdo de qué marca era la publicidad, solo sé que en ese momento sentí lo que podría llamar indignación. Inmediatamente redireccioné mi pensamiento –que es algo que estoy acostumbrándome a hacer, algunas veces con excelentes resultados y otras con consecuencias que rayan con la catástrofe–y generé este nuevo concepto en mi mente: ¡Claro! Si regalo amor, Soy Amor. Pero dudo que eso sea lo que el anuncio haya querido generar. La verdad de lo que pienso es que esta época es la de mayor consumismo hueco que existe y que ninguna otra época se le parece en términos de lo que la gente gasta para «demostrar» que el otro «le importa». 

Pero no solo se trata de lo que gastamos en términos financieros. También en emocionales y energéticos. Hace poco compartí en mi Facebook personal el siguiente post:



Estas tres frases resumen lo que quiero decir en este texto. Aunque nos hayan hecho creer que «Navidad es regalos» o «Navidad es familia», lo que creo es que nada se puede celebrar si no logro sentir en mi corazón el Amor de Dios (esto suena súper religioso, ¡pero nada que ver!). Y ese sentimiento no es algo sencillo de encontrar. Requiere mirarnos una y otra vez bien adentro, reconocernos, respetarnos, tenernos compasión, ser pacientes con nosotros mismos, creer que sí podemos crear lo que anhelamos desde el corazón, amarnos incondicionalmente y estar dispuestos a renunciar a todo lo que creíamos que era para permitirnos recibir lo que realmente es

Entonces, hoy que conversaba con mi hijo sobre lo que era la Navidad para él y luego de escucharlo decir cosas bastante típicas (obviamente, no tendría porqué ser diferente) y ante su repregunta de: ¿Qué es para ti la Navidad?, yo solo pude decirle que a estas alturas sé lo que no es. Navidad no es regalarle cosas a la gente, sea quien sea. Navidad no es reunirte una noche en familia cuando el resto del año prácticamente ni se visitan. Navidad no es la publicidad que nos venden. Y mientras escribo puedo comenzar a sentir lo que sí es para mí la Navidad:

1) Es la llamada de mi hijo por celular, pasada la locura de medianoche, para decirme que me ama y lo que le dan ganas de decirme.

2) Es la tranquilidad de pasarlo donde quiero y con quien quiero.

3) Es recibir mensajes reales de amigos y amigas reales, no cadenas ni memes prefabricados.

4) Es que Atom (mi mascota perruna) pueda pasar la noche sin miedo por tantos fuegos artificiales. 

5) Es mirar a los ojos a mi novia y celebrar que es nuestra primera Navidad juntas porque el Universo ha conspirado para que así suceda (¡ese sí es un regalo!).

6) Es el abrazo de las personas que amo, estén donde estén. Solo saber que pueda que me piensen en ese momento, ya me llena de energía bonita, muy bonita.

7) Es recibir regalos hechos a mano o que hayan costado poquito. Nada de montos mínimos. 

8) Es que mi hijo y mis sobrinos aprendan que los regalos no significan nada de nada. Que el abrazo lo significa todo, absolutamente todo. 

9) Es la lágrima libre, por quienes no están.

10) Es la certeza de que cada año seré una mejor persona, porque así lo elijo

Así que quiero terminar este texto deseándote precisamente todo esto. Y también quiero desearte que no recibas cajas llenas de vacío o botellas con aromas sin amor. Que si vas a recibir regalos, que sea en cualquier momento del año (como mis amigas Fio y Dani, que andan maravillosamente navideñas en todo momento). Que la frase de Alicia en el país de las maravillas sea una realidad para todos: «Feliz, feliz no cumpleaños«. Que podamos regalarnos todo el tiempo la cercanía del tacto, la belleza de mirarnos sin dudar y la certeza de escucharnos con amor. Si esto ocurre este 25 de diciembre de 2018 y se repite cada año, colgaré definitivamente mi disfraz de Grinch y me dedicaré a festejar la Navidad.

¿Te hace sentido?//

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Es la frase que me soltó mi hijo esta tarde. La cogí con aparente dignidad y me la puse en los pies, para salir a caminar con ella.



Sé que mi ego está en juego. Soy escritora además de coach ontológica, pero no logro que mi hijo se interese ni un ápice por la lectura. Nada me funciona. He probado todo tipo de métodos, desde los más cálidos y amorosos hasta los más rastreros (incluido el soborno). ¡Nop! Así, con «p». Simplemente no quiere. Así que esta tarde he caminado con ese «Jamás me gustará leer», durante hora y media, acompañada por mi perro y su persistente instinto de marcarlo todo. Caminar siempre me aclara la mente. Por eso escribo este post, para compartir contigo –que sí amas leer… o bueno, que te gusta hacerlo–lo que he visto a raíz de este comentario.


Si pudiera volver unas horas en el tiempo, le respondería: «Hijo, yo jamás podré lograr que te guste la lectura». A esa reflexión llegué. Así como no podré lograr que nada ocurra en los demás. Esa ilusión de que podemos controlarlo todo es solo eso, una ilusión. Lo único que puedo «controlar» es mi amor por la lectura, el tiempo que yo me dedico a leer y lo que gano con cada palabra que voy sumando a mi vocabulario y con cada frase que voy guardando en la maleta con forma de corazón que tengo en el pecho. Solo puedo lograr en mí aquello que realmente anhelo. Eso es una bendición. Significa que mi amor por la lectura, tan mío, tan íntimo, tan personal, solo depende de mí. Nadie podrá jamás arrebatármelo. Y la verdad es que yo no quiero que mi hijo me recuerde como la mamá jodida que quería obligarlo a leer. Prefiero que me recuerde como la mamá que amaba sentarse en la sala de su departamento en Lima, con un libro en las piernas y algún licor amable como grata compañía. Que me recuerde como la mamá con la que podía hablar de casi cualquier tema. Que piense en mí como alguien auténtica, transparente y divertida a su manera. Y si bien tampoco podré controlar cómo es que mi hijo me recordará cuando yo no esté a su lado, lo que sí puedo es imaginar que así será y con eso, vivirme este tiempo en paz y con alegría. 


Nada será como yo quiero que sea. Todo es y será como debe ser.
 Mira lo magnífica que es esta declaración. Visto así, nada de lo que ocurre allá afuera depende de mí. Solo me toca hacerme cargo de lo que ocurre adentro. Solo me toca hacerme cargo de los libros que yo leo, las películas que yo miro, las caminatas que yo ando, los viajes que yo viajo. Esa es una inmensa y hermosa libertad. La libertad de gobernarme a mí misma, por elección y por amor. La libertad de no interferir en el gobierno de lo demás. Si al hacer esta elección, soy inspiración para alguien más, entonces un nuevo milagro habrá ocurrido. Y yo creo en los milagros. 


Así que, hijo mío, si en algún momento y por cosas de la vida llegas a leer este post, quiero que sepas que jamás podré lograr que ames leer o que hagas cualquier cosa que, según yo, te haría bien. Que entiendo que todo eso siempre dependerá de ti. Y que mi único legado real será que puedas verme aprendiendo a ser feliz (¡sin control alguno de nada!). Y eso está bien para mí.


¿Te hace sentido?//

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Nada más y nada menos.


Crecí en un ambiente en el cual decir: «Soy magnífica», era imposible. Y no solo me refiero a mi casa, en realidad estoy hablando de todo mi país. Durante años hemos negado lo que somos. Recuerdo la frase que me soltó un amigo español hace un tiempo: «¡Ustedes creen que decir que uno vale es soberbia! Cuando no es otra cosa que aceptar una realidad. Les enseñan que humildad y autoreconocimiento son antónimos. ¡Eso es hipocresía!», concluyó. Ese comentario me cayó muy fuerte. En verdad era muy difícil para mí pensar de esa manera, creer que lo que yo valgo y mis dones o logros podían –y debían–ser reconocidos por mí misma. Tenían que ser otros los que lo hicieran, sino se me vería como una mujer soberbia y orgullosa. ¡Qué pecado!

Me tomó años mirarme al espejo con amor, compasión y admiración. Estaba absolutamente ejercitada en pensar mal de mí. Y por ende, en pensar mal de los demás. No era capaz de reconocer mi valía y, desde esa falta de autoreconocimiento, la manera de reconocer a los demás por sus dones y logros era a través de frases bien pensadas, pero jamás así de sentidas. ¿Cómo reconocer a otros desde el corazón cuando yo misma no podía reconocer en mí el amor, la bondad, la inteligencia y la humildad? ¿Cómo aceptar el valor en otros cuando no era capaz de aceptar el valor en mí? Y visto así, ¿de qué manera estaba influyendo en mi entorno? ¿En mi hijo? ¿En mis relaciones en general? Todo esto necesité mirarlo desde adentro para poder darle la vuelta y en el camino entendí algunas cosas:

1) Mi brillo interior es inevitable. El tuyo también. Lo que sucede es que lo olvidamos porque para eso estamos aquí, para recordar quiénes somos en realidad. De dónde provenimos y a dónde volveremos.

2) A muchas personas mi brillo les asusta. El tuyo también. Esto ocurre porque al vernos eso les recuerda su propio brillo, que lo han perdido y que les toca recuperarlo. ¡Hacerse responsables de brillar! Y la verdad, no todos están dispuestos a hacer ese trabajo, así que prefieren no verte brillar, negar que lo haces.

3) Brillar no es difícil. Lo difícil es no hacerlo. Requerimos un alto nivel de esfuerzo y mucha energía para evitarlo. ¡Por eso esta sensación permanente de lucha y cansancio! Llevamos toda la vida haciendo de todo para que no se nos note lo magníficos que en realidad somos. Nos toca quedarnos quietos un rato, dejar de pelearnos con la verdad de que somos seres divinos viviendo una experiencia humana. Calmar la mente para que podamos volver a vernos. Re-conocernos. Recordar quiénes somos.

4) Soy responsable de mí. De recordar quién soy yo. Esto es muy importante que podamos entenderlo. No soy responsable de ti. No me toca hacerte recordar quién eres. Si yo me hago responsable de lo que me toca, indefectiblemente estaré contribuyendo a que tú también lo hagas. Esa es la maravillosa realidad del Somos Uno. Así que, si de alguien debo hacerme cargo, es de mí misma. Y tú de ti mismo. Hagamos cada uno su tarea. Con eso contribuiremos al despertar de la humanidad más que empleando esfuerzo y energía en que otros vean. Si yo veo, tú ves. Si yo sano, tú sanas. 

5) Cuando sirvo desde el amor incondicional, aquello en lo que creo se expande. Y en esa tarea solo puede haber ganancia para todos. La abundancia radica en creer que cada uno de nosotros es la provisión ilimitada de toda cosa buena y perfecta. Eso es mirar con amor. A mí misma y al prójimo. Un Curso de Milagros dice: «No les falles a tus hermanos, pues de lo contrario te estarás fallando a ti mismo. Contémplalos con amor, para que puedan saber que forman parte de ti y que tú formas parte de ellos» (Lección 139). Esto significa aceptar la verdad de quienes somos todos: Uno solo con Dios. Cuando logramos eso, así sea por unos breves momentos, el mundo como lo conocemos se modifica esencialmente. A eso le llamo yo «paraíso».

He querido escribir este post hoy a raíz de la última sesión que tuve en mi proceso de formación como Practitioner en la Metodología Consciencia y Meditación Cuántica. No siempre es fácil reconocerme como parte de la Divinidad, finalmente sigo viviendo la experiencia humana. Sin embargo, para mí es cada vez más claro que Yo Soy. Y desde ahí, puedo declarar sin lugar a dudas lo que yo quiera. Por eso: Yo Soy Magnífica. 

¿Qué te animas a declarar de ti mismo hoy? //

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