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EL PODER DE CADA OLA



Yo escribo desde lo que vivo. Me resulta inevitable.

Hace unos días fui con unos amigos a la playa. No soy una mujer de playa. Aunque tal vez deba decir que lo que no soy es de las que se emocionan por ir. Me gusta sentarme en la orilla con una cerveza en la mano y ver el mar. No sé nadar, entonces no disfruto de mares movidos. Pero esta vez decidí entrar, mojarme, disfrutarlo. El Silencio es una playa limeña brava. Parece mansa, pero de pronto algo la enciende y se pone agresiva. Justo pasando la orilla tiene huecos en la arena. Si no sabes nadar, ¡no te metas! Me recuerda a mí. En fin, mejor sigo con la historia. Ya con las piernas mojadas podía sentir claramente cómo el mar me jalaba con fuerza. Pensé que podría con él, así que no hice caso de mi instinto y seguí avanzando. El Silencio ya había despertado. Las olas se notaban más grandes y en un arranque de fe en mí misma recordé que podía correr hacia ellas y justo antes de que revienten zambullirme en la base para sortearlas y salir al otro lado. Al tercer paso de mi primer intento me hundí en un hueco de arena, perdí piso y solo pude sentir cómo la ola me golpeaba directo haciendo que pierda el equilibrio por completo. El mar había hablado, no me quería adentro. Por suerte, mi amigo Diego estaba a un paso de mí y corrió a auxiliarme. Me ayudó a ponerme de pie y nos reímos de lo ocurrido. Tenía el cuerpo y el cabello totalmente cubiertos de arena. De hecho, sentía la arena en partes que prefiero no detallar aquí. Cuando volví a ver el mar, nuevamente estaba «en silencio». Mi hermana estaba también ahí y me comentó lo de los huecos pasando la orilla. En ese momento pensé: “¡Claro! Solo tengo que pasar los huecos y podré llegar al otro lado». Al otro lado todo se ve manso, en paz. Pero para llegar ahí… ¡hay que pasar los huecos! Así que decidí probar una vez más. Avanzamos con Pao y la vi hundirse bajo la base de la primera ola y salir airosa al otro lado. Ubiqué mi primera ola y me hundí también, todo correcto. Pero cuando salí de esa, venía una más casi de inmediato. Así que busqué acomodarme lo más rápido posible y me hundí en la segunda. Salí un poco asustada. Para la tercera —que ya casi tenía encima—corrí con la seguridad de que llegaría y, de pronto, pasó lo que quería evitar: perdí el piso y me hundí en un hueco de arena. El mar me tenía por completo a su merced. Y yo lo sabía. Todo esto ocurría a solo unos pasos de la arena seca, pero mi cerebro no podía procesar esa información. Lo que hizo fue traerme un recuerdo antiguo en otra playa limeña llamada León Dormido (¡el nombre lo dice todo!). Hace más de 15 años me pasó lo mismo en esa playa y recuerdo haberme peleado por completo con el mar. Yo luchaba contra él, tratando de levantarme y con mínimos esfuerzos sus olas me revolcaban una y otra vez. Producto de esa batalla terminé tragando mucha agua salada y también muy golpeada y raspada por la arena. El ardor me acompañó varios días. Y la vergüenza también, porque mi ropa de baño fue a dar a algún lugar que no recuerdo. En ese momento mis pensamientos estaban en no perder la ropa, pero fue inevitable. Y la lucha para que no me vean casi desnuda y vulnerable, me hizo ver precisamente así. Fui «rescatada» por otro amigo entonces. Y su comentario fue: “¡Estabas en la orilla, Clau! ¡No puedo creer que te pelearas tanto por levantarte en la orilla!». 

Ese recuerdo vino a mí en El Silencio. Solo que esta vez elegí no pelearme con el mar. Total, sabía que me ganaría igual. Sentí como las olas me revolcaban. Sentí mi cuerpo dando volantines en el agua. Pensé que en algún momento volvería a tocar arena y en ese instante podría saber dónde era arriba y dónde abajo. No me serviría de mucho porque nunca he podido abrir los ojos con agua en el rostro, pero por alguna razón ese pensamiento me daba algo de tranquilidad. Cuando llegué a la arena otra vez, la fuerza de las olas se encargó de mantenerme sentada. Casi de inmediato vino una nueva ola y me revolcó otra vez. Me dejé ser, todavía tenía algo de aire en los pulmones. Nuevamente el caos. Arriba, abajo, arena, fuerza de las olas en la orilla, ojos cerrados. Cuando sentí la cabeza libre, respiré lo más que pude y dije con una voz que estoy segura fue casi inaudible: “¡Ayuda! ¡Ayúdenme!”. No podía pararme, la ropa de baño estaba totalmente fuera de su sitio y sabía que vendría una nueva ola pronto. Así fue. Justo antes de que me lleve, logré tomar una bocanada de aire y me dejé llevar. Por tercera vez caos. Sin pelearme, solo me dejé. El mar estaba jugando conmigo. Acosándome. Hostigándome. Y yo solo pensaba en desorden o tal vez sentía en desorden. Por tercera y última vez me dejó sentada en la orilla. La voz de mi hermana Pao, que libraba su propia batalla con las olas en ese momento, pudo ser audible para mí por fin: “¡¿Puedes ayudarla, por favor?!”. Ya estaba comenzando a desesperarme, pero no quería pelear. Sentí que una mano cogía mi brazo derecho y me decía amablemente: “Levántese, señora”. Me aferré al brazo de donde provenía la mano y le dije: “No me sueltes”. Vino una cuarta ola fuerte, muy fuerte, pero no logró tumbarnos:

—“Arréglese la ropa, señora”, fue su segunda frase.
—“No importa. Soy un ser humano, no verás nada raro. Solo sácame de aquí, por favor”. Le respondí.
—“Sí, ya la vi”.

Ahora que lo pienso, fue una conversación muy correcta en medio de tanto desorden. Salimos a la arena seca y por fin pude abrir los ojos. Era un muchacho de no más de 20 años, de mirada amable. O por lo menos eso quise ver yo en sus ojos. Le agradecí y comencé a acomodarme la ropa. En el proceso de esta historia cualquiera que haya estado cerca al lugar pudo haberme visto los senos, el pubis y las nalgas al descubierto. Literalmente, no me importó. Me acomodé la ropa de baño lo mejor que pude y comencé a tratar de eliminar la arena de mi cuerpo. ¡Imposible labor! La tenía pegada. Era la evidencia de lo que El Silencio acababa de hacer conmigo. Solo cuando estuve totalmente seca, pude quitarme la arena de encima.

Reflexioné varios días sobre todo esto. Quienes han leído mi libro #100textostardios saben que escribo para no olvidar. Lo que viví en esos minutos se parece mucho a lo que es mi vida. A veces soy el mar de El Silencio. Otras soy la novata inexperta que trata de sortear olas bravas a punta de golpes y peleas. También puedo ser el recuerdo que me ofrece sabiduría. Soy vulnerable. Soy decidida. Soy la que pide ayuda. Soy la que se deja ayudar. Y siempre, definitivamente siempre, Soy aprendiz. De la revolcada en esta playa no tengo raspadura ni dolor alguno. Tuve que vivir lo de León Dormido para salir ilesa de El Silencio. Como en muchas cosas por vivir, atravesar los huecos para llegar a la mar mansa requiere un conocimiento que aún no tengo. Mi trabajo real en esta vida es aprender. Aprender para recordar. Recordar quién soy: 

Soy juego.
Soy calma.
Soy sana.
Soy mar.
Soy feliz.