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«JAMÁS ME GUSTARÁ LEER»

Es la frase que me soltó mi hijo esta tarde. La cogí con aparente dignidad y me la puse en los pies, para salir a caminar con ella.



Sé que mi ego está en juego. Soy escritora además de coach ontológica, pero no logro que mi hijo se interese ni un ápice por la lectura. Nada me funciona. He probado todo tipo de métodos, desde los más cálidos y amorosos hasta los más rastreros (incluido el soborno). ¡Nop! Así, con «p». Simplemente no quiere. Así que esta tarde he caminado con ese «Jamás me gustará leer», durante hora y media, acompañada por mi perro y su persistente instinto de marcarlo todo. Caminar siempre me aclara la mente. Por eso escribo este post, para compartir contigo –que sí amas leer… o bueno, que te gusta hacerlo–lo que he visto a raíz de este comentario.


Si pudiera volver unas horas en el tiempo, le respondería: «Hijo, yo jamás podré lograr que te guste la lectura». A esa reflexión llegué. Así como no podré lograr que nada ocurra en los demás. Esa ilusión de que podemos controlarlo todo es solo eso, una ilusión. Lo único que puedo «controlar» es mi amor por la lectura, el tiempo que yo me dedico a leer y lo que gano con cada palabra que voy sumando a mi vocabulario y con cada frase que voy guardando en la maleta con forma de corazón que tengo en el pecho. Solo puedo lograr en mí aquello que realmente anhelo. Eso es una bendición. Significa que mi amor por la lectura, tan mío, tan íntimo, tan personal, solo depende de mí. Nadie podrá jamás arrebatármelo. Y la verdad es que yo no quiero que mi hijo me recuerde como la mamá jodida que quería obligarlo a leer. Prefiero que me recuerde como la mamá que amaba sentarse en la sala de su departamento en Lima, con un libro en las piernas y algún licor amable como grata compañía. Que me recuerde como la mamá con la que podía hablar de casi cualquier tema. Que piense en mí como alguien auténtica, transparente y divertida a su manera. Y si bien tampoco podré controlar cómo es que mi hijo me recordará cuando yo no esté a su lado, lo que sí puedo es imaginar que así será y con eso, vivirme este tiempo en paz y con alegría. 


Nada será como yo quiero que sea. Todo es y será como debe ser.
 Mira lo magnífica que es esta declaración. Visto así, nada de lo que ocurre allá afuera depende de mí. Solo me toca hacerme cargo de lo que ocurre adentro. Solo me toca hacerme cargo de los libros que yo leo, las películas que yo miro, las caminatas que yo ando, los viajes que yo viajo. Esa es una inmensa y hermosa libertad. La libertad de gobernarme a mí misma, por elección y por amor. La libertad de no interferir en el gobierno de lo demás. Si al hacer esta elección, soy inspiración para alguien más, entonces un nuevo milagro habrá ocurrido. Y yo creo en los milagros. 


Así que, hijo mío, si en algún momento y por cosas de la vida llegas a leer este post, quiero que sepas que jamás podré lograr que ames leer o que hagas cualquier cosa que, según yo, te haría bien. Que entiendo que todo eso siempre dependerá de ti. Y que mi único legado real será que puedas verme aprendiendo a ser feliz (¡sin control alguno de nada!). Y eso está bien para mí.


¿Te hace sentido?//