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LA PAZ DEL PRESENTE


No recuerdo en qué momento ocurrió, solo sé que de pronto me di cuenta que no estaba respirando. Simplemente había dejado de inhalar y exhalar como cualquier ser humano que se jacte de estar vivo. No tengo idea de cuánto tiempo llevaba así, solo recuerdo haber sentido que el aire me faltaba y que, por alguna razón que entonces no podía entender, me resistía a dejar que saliera lo que había acumulado en mis pulmones. Y como es obvio, si no sale el aire que tenemos dentro, el aire nuevo no podrá entrar jamás. Así que, en medio de la confusión generada por el miedo y la sorpresa, me encontré a mí misma haciendo un esfuerzo por recuperar el aliento. Como cuando has estado mucho tiempo bajo el agua o bajo las sábanas y de pronto sientes la enorme necesidad de respirar aire puro. Así que solté lo más rápido que pude el aire que había estado reteniendo e inhale con ansiedad. Mi pulso cardiaco estaba acelerado y mi mente en presente total. Estaba absolutamente consciente de mi respiración.

Todo esto ocurrió hace más de 10 años. ¿Cuántas veces antes me había pasado? No tengo idea. ¿Cuántas veces más me ha pasado después? Muchas. Aunque cada vez menos. Respirar es un acto que damos por sentado. Como vivir o amar. Y solo cuando algo nos saca de esa transparencia nos podemos dar cuenta de que no nos sentimos bien, de que algo nos falta y lo que puede llegar a ser más desesperante aún es que no tenemos idea qué es o por qué no está. Mientras no lo notamos, la falta de aire es algo que en apariencia no interfiere abiertamente en nuestra vida. Es solo cuando respirar se convierte en un acto de vida o muerte, que caemos en cuenta de cómo lo estamos haciendo. En algún lugar leí que «vivimos nuestra vida del modo como respiramos«, y en ese momento comprendí que yo vivía en constante represión de mis emociones. Por eso respiraba así, como aguantando.

Y bueno, sucede que desde hace algunos meses elegí tomar consciencia de mi respiración. Empecé con ejercicios sencillos de inhalación y exhalación que me permitieran oxigenarme. No siempre recordaba hacerlos, pero cuando lo hacía era en absoluta conexión con mi cuerpo. Sentía mi nariz enfriarse al entrar el aire y calentarse al salir. Sentía mi pecho y mi abdomen extenderse y contraerse. Sentía los hombros liberarse y la mandíbula ir soltando poco a poco la tensión. De hecho, mientras escribo esto, puedo sentir todo lo que describo. Y todo por el simple acto de tomar consciencia de que respiro. Eso es estar en presente.

Esta mañana conversaba con una de mis coachees acerca de cómo nuestros pensamientos definen nuestra realidad. Y en medio de esta conversación, la invité a que iniciáramos juntas un proceso de aprendizaje durante nuestras sesiones mediante la meditación. Después de todo, meditar es estar en presente. Y respirar es exactamente lo mismo. La frase que le dije fue como un altavoz hablándome a mí misma: «Devuélvele a tu mente la paz del presente». En ese momento recordé que hubo una época en la que yo no sabía respirar o, más exactamente, no estaba consciente de cómo respiraba. Y eso mismo me pasaba con la vida. No sabía vivir o no estaba consciente de cómo vivía. Lo curioso y sencillo de todo esto, es que solo podemos respirar en presente. Y lo mismo ocurre con la vida. O con el amor. Solo podemos vivir o amar en presente.

Es aquí donde surge la posibilidad de elección entre una respiración (vida, amor) superficial y privada de sentido, o una que me permita la armonía entre lo que «tomo» (inspirar) y «doy» (expirar). Y lo que yo estoy eligiendo, cada vez más, es la armonía.

¿Te hace sentido?